Sobre las ideas

DEO 55 editorial (1)Las cosas se esconden cuando parecen familiares.

(Nymphomaniac, Lars von Trier)

Se trata de lo evidente. Pero no por su claridad, sino por su fenomenal capacidad esmerilante. Históricamente se discuten los orígenes de la desigualdad, o de la pobreza que es el resultado de mirar sin contexto (una práctica, por cierto, muy extendida). Basta leer o escuchar hoy, ayer o mañana los reclamos por el número de pobres, por la definición de esa frontera que separa los que están adentro de los que están afuera: la barrera de inclusión-exclusión (que trazan una línea en el agua, dividiendo lo indivisible). Todos los conflictos, todos, tienen en sus venas el mismo ácido desoxirribonucleico. Desde los colores de la camiseta de Desamparados de San Juan, hasta la Asignación Universal por Hijo, pasando por las camisas celestes que combinan con las miradas del poder. Porque inclusive ahí, en ese lugar y momento cualquiera donde hay una apariencia de igualdad, se esconde una desigualdad constitutiva, estructural, visceral. Desigualdad sobre la que se construirá luego cada uno de los ladrillos de la vida social, desigualdad que parecerá para muchos, externa.

Alguna vez hablamos del derecho a la libertad, o de su contrario, la privación. Dijimos, siguiendo a Zaffaroni que cada sociedad decide cuántos presos quiere: están encerrados porque los libres lo deciden y porque nuestra sociedad, en su conjunto, lo avala. Hablamos de la privatización del espacio público, de la fragmentación del espacio urbano, de la creación de guetos en Córdoba. Dijimos: la extorsión del miedo sentencia las posibilidades de la ciudadanía, de la diversidad, del reconocimiento de la vida social. Hablamos de la incorporación de los desposeídos al mundo del consumo. Dijimos: el sistema productivo y de distribución debe decidir si va a producir más –invertir, arriesgar, emplear– para abastecer a muchos o aumentar los precios para volver a ser pocos, ganando mucho. Fuimos bordeando, en síntesis, otra evidencia: cada sociedad decide, también, cuántas personas serán pobres o su matiz: precarias.

Lo evidente lleva siglos en incorporarse. La pobreza es un producto social, explicable, modificable. Pero por incuestionable que parezca, durante siglos –muchos todavía hoy– se explicó la pobreza (y su contrapeso, la riqueza) a partir de los talentos individuales, del mérito. Al menos de la Revolución industrial a esta parte, se ha alimentado una conciencia funcionalmente subordinada a la propia reproducción de la desigualdad. Claro que nuestras conciencias son también un producto social que incluso muchas veces corre por detrás de las propias leyes que los Estados generan (pensemos por ejemplo en la despenalización del aborto y las estrategias de objeción de conciencia, o en la violencia física de género que es ilegal hace décadas, pero que fue condenada sólo ocasionalmente hasta estos días). Se postulan valores que luego la práctica niega.

La realización de la libertad y la igualdad, como consenso discursivo, es muchas veces también sólo un postulado. Retomamos la idea de Judith Butler de que hay vidas que tienen un valor distinto a otras, a pesar de las legislaciones y de una supuesta universalidad de derechos. Por muchos esfuerzos que los Estados más virtuosos puedan hacer, las contradicciones que existen en la sociedad civil no pueden ser resueltas únicamente a través del accionar del Estado. Hay una continua lucha por la imposición de los significados de la que todos formamos parte y que no ocurre –solamente– en el Estado.

Es en ese escenario de cosmovisiones contrapuestas en la que nos instalamos. En lo que Antonio Gramsci llamaba la construcción de una voluntad colectiva. Discutimos para roer el sentido común, para poner en cuestión las formas establecidas de reproducción de las jerarquías sociales. Concepciones del mundo, lucha de cosmovisiones, batalla cultural, como prefieran llamarlo. Las ideas, más que las leyes, son las que predominan. Porque en el fondo, siempre se trata de ellas. Y es por eso que insistimos tercamente –cruzando en rojo todos los semáforos de los consumos culturales– en seguir escribiendo, letra tras letra para publicar, tal vez, o para ordenar las ideas que nos guían.

Publicado en DEODORO, Julio de 2015

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Sobre las ideas

¿Residente o Visitante?

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En el año 1993 nacía el primer country de la ciudad de Córdoba. Hasta entonces, el concepto era tan solo la traducción literal al inglés de las palabras “campo” o “país”, o el género musical que designaba a las melodías rurales estadounidenses. Creedence y Elvis también hicieron música country, y más acá –Bob Dylan mediante– León Gieco se alimentaba del género. El country era, paradójicamente, música de raíces.

Una de las máximas de la sociología urbana dice que la ciudad es la expresión física de las prácticas sociales que ella alberga y produce (Adrián Gorelik), una especie de espejo que refleja en el mapa, el orden social. Tres años antes de la inauguración del country Las Delicias, la empresa pública de aviación Aerolíneas Argentinas, y la telefónica ENTEL eran vendidas. Y dos años después de estas, ya en 1992, había comenzado la privatización de la petrolera pública YPF. La misma suerte siguieron los ferrocarriles, algunos bancos, empresas de energía, agua, correo y muchos otros servicios públicos. La reducción de los espacios compartidos y la expansión de las voluntades privadas eran un cambio cultural profundamente concebido que iba mucho más allá de las empresas del Estado. Se trató de una cosmovisión que tiene todavía en nuestra cultura una vitalidad roedora.

Las Delicias es el emblema, la bandera, fue el primer paso a la creciente ghettización. Entonces se trataba de un emprendimiento típicamente aristocrático de diferenciación social, vinculado casi con exclusividad a una idea de pureza comunitaria. Hoy, el Gran Córdoba es la segunda región del país con mayor superficie de ciudad privatizada. Córdoba y sus satélites le dieron mayor materialidad, aportaron la expresión física a las divisiones sociales. Es un cambio de una contundencia mayúscula que no se trata en absoluto de un estigma hacia las costumbres de la alta sociedad. Es un problema de ordenamiento social que tiene un impacto inmediato en el ejercicio de la ciudadanía y en el ejercicio de derechos. Las personas viven cada día más en pequeñas comunidades socioeconómicamente homogéneas y territorialmente delimitadas tendientes a suprimir las diferencias y con ello, a aumentar el miedo a lo desconocido.

El crecimiento por expansión (ampliación de la mancha urbana) tiene dos grandes protagonistas: las urbanizaciones privadas dirigidas a segmentos de medios, altos y muy altos ingresos, y los programas de urbanización del Estado dirigido a sectores empobrecidos. En los dos, interviene directamente el Estado. Nuestra provincia es un ortodoxo ejemplo de este proceso de atomización social.

A comienzos de la década pasada hablábamos de la Operación Desencuentro, de un conjunto de acciones coordinadas orientadas a la ghettización de la ciudad en nombre de los derechos ciudadanos (todas las invasiones son en nombre de la paz, de alguna paz). En Córdoba, el Estado hace abuso de su opción de clase: los hábitos de las fuerzas policiales y judiciales son la demostración categórica de esta afirmación, a esta altura, obvia. Basta con recorrer alguna cárcel o transitar cualquiera de las miles de fronteras a la libre circulación. ¿Quiénes las atraviesan? ¿Quiénes las habitan? ¿Residente o visitante? Papeles de la bicicleta, de las motos, documentos personales, o simplemente prohibiciones sin explicaciones amparadas en el Código de Faltas.

Con nombres vinculados a la naturaleza, se multiplicaron en decenas los barrios privados, ahora mucho más como decisión de huida de la ciudad compartida (Arizaga 2004) que como lujo aristocrático. Como lado B de esa misma acción, el otro desplazamiento: el Programa Mi casa, mi vida, erradicó de las zonas urbanas a aproximadamente doce mil familias que ahora habitan Ciudades Barrio, como Ciudad de Los Cuartetos, Ciudad de Los Niños, Ciudad Evita, etc. Seguir leyendo “¿Residente o Visitante?”

¿Residente o Visitante?

Esconder la mano

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Hay media serpiente tirada sobre una bolsa de residuos negra. Nunca antes había visto media. La serpiente, como cualquier ser cadavérico, horroriza. Tiene los dientes raleados y la boca semiabierta. Vista desde el corte, parece una agarradera de horno. Hablo de una imagen de Facebook que subió una vecina de la ciudad de Mendiolaza. Ella reclama por la falta de limpieza de los terrenos baldíos que la habían obligado a matar al animal. Algunos, muchos, apoyaron su demanda. Otros, muchos también, se rieron o criticaron su crueldad. Ecologistas y vecinos que pagan sus impuestos se enfrentaron defendiendo con sobrada intensidad sus propios valores utilizando el viejo recurso de acusar para ser absueltos. Todo aquello se diluyó. A pesar de la serpiente y de la intensidad verbal.

Casi al mismo tiempo, otro vecino envuelto en un conflicto barrial, amenazaba con mantener encendida una cámara filmadora para escrachar a quienes tiraran basura en la plaza pública. Yo imaginaba a los adolescentes que ahí mismo se besan o prenden sus primeros cigarrillos o esconden sus revistas porno. ¿Dónde deberían hacerlo ahora para no ser filmados? Otros prometían que denunciarían a quienes dejaran sus perros sueltos, y así… La tribuna virtual está abierta y la eterna tensión entre seguridad y libertad juega una nueva batalla. Cuando el control externo consigue reemplazarse por la autodisciplina, transformada en servidumbre voluntaria (La Boétie), dicen que el proceso de control se completa. Cámaras, escraches y exabruptos con costo cero para quien lo emite. Seguir leyendo “Esconder la mano”

Esconder la mano

“El amor es una droga dura”

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En Deodoro Febrero, 015

Soy Sola, Soy Pecadora y Soy Otra, es la trilogía de discos solistas de esta cantautora que con voz almibarada honra sus pecados. Es psicóloga, pero ese es el dato menos interesante. Tiene un cuidado quirúrgico por la palabra que nunca viste con demasiado ropaje. Y las canciones le salen así, casi sin envolver, ni condimentar, para escucharlas en estado puro.

Se pone un poco nerviosa minutos antes de subir a tocar en Cocina de Culturas. Es una especie de incomodidad, mejor que nervios. Tiene algún dolor en la garganta o una molestia en las cuerdas vocales, ella tampoco lo sabe bien. Venía de decenas de conciertos y se dirigía hacia otros tantos más. Siempre me pareció necesario evitar los movimientos mecánicos, ese ejercicio permanente de nunca acomodarse en el futón de la confianza. Ana Prada parecía estar preparando su primer contacto con el público y esa manera de permanecer de alguna forma rubricaba lo que habíamos escuchado en sus discos: es una artista que tiene cosas para decir que superan al deseo de subirse a un escenario. Aunque siempre carismática, cuando canta no se trata de un show.

Ese día guardé mi grabador y quedamos en hablar o escribirnos para hacer esta entrevista. Quería preguntarle por la idea de simpleza, por el amor, por la libertad y por el pecado; por las mujeres en combate; por la poesía y por el ego. Pasaron varios meses y le escribí. Encantada respondo a tus preguntas –me contestó–. Y acá están. Seguir leyendo ““El amor es una droga dura””

“El amor es una droga dura”

La invención de la Decencia

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No es extraño ver a la gente más delgada caminando en grupos de dos o tres, a veces familias enteras, atados entre sí con sogas o cadenas, aferrados los unos a los otros, sirviéndose de lastre contra la ventolera. Otros abandonan por completo la idea de salir; abrazados a los portales o a las glorietas, incluso el cielo más límpido llega a parecerles una amenaza. Piensan que es mejor esperar tranquilamente en un rincón que ser arrojados contra las piedras.

(Paul Auster, El país de las últimas cosas)

Cuando se enciende una pantalla, cualquiera sea, la calle sólo tiene dos tipos de habitantes: los llamados delincuentes y la policía. Como en un juego de mesa, o en los monitores de un ciber, la criminología mediática relata cómo el bien y el mal definen por penal. Si uno obedece a la escala cromática, sabe que los dos se narran en el gris, en un gris en el que no se discuten ni las razones del delito, ni la pertenencia –y sometimiento– de la policía a las fuerzas democráticas de los poderes del Estado. Las noticias policiales ocupan prácticamente todo el relato de los noticieros y los diarios. Es fácil –y peligroso– olvidar que la policía es una herramienta. Una herramienta con control civil.

La extorsión de diciembre de 2013 producto del autoacuartelamiento de las fuerzas de seguridad provinciales (prácticamente en todas las provincias del país), fue la materialización de este escenario creado. Las fuerzas policiales puestas en rebelión desafiaron a las estructuras civiles del Estado. Abandonaron irresponsablemente sus funciones habituales en absurda complicidad con algunas decisiones del poder político. Al desenlace y al contagio lo conocemos todos: fue uno de los momentos históricos más relevantes de los últimos años, increíblemente guardado bajo la alfombra. Un aumento salarial promedio por encima del 60 % en todas las provincias y un fortalecimiento casi inexplicable del rol represivo de la policía.

Entre la policía y los delincuentes (estética y socioeconómicamente tipificados) hay una tercera categoría que cierra el escenario. Se trata de la invención de la decencia. La decencia es una categoría moral, es el ciudadano común, el ciudadano de a pie, el hombre de bien. La decencia son todos los eufemismos juntos que fueron paridos para ausentar al Estado como organizador y regulador de la vida social. Es una idea amorfa en la que se pretende ubicar a cierto tipo de ciudadanos como personas independientes de todo tipo de política pública, de toda pertenencia, de toda garantía de derechos. Es una especie de ser completo e independiente (¡cuántas veces lo mismo!) que lo único que quiere es que lo dejen en paz, y que pide, a gritos, que a los pobres no les den el pescado, sino que les enseñen a pescar. Seguir leyendo “La invención de la Decencia”

La invención de la Decencia

¿Quién quiere ser culto?

En DEODORO, Septiembre, 014

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En Argentina hay más televisores que inodoros: algunos datos son metáforas. La estadística, mal que lo nieguen, es un género literario.

La cultura es una palabra generalmente asociada al arte y –dentro del arte– al espectáculo. Como ese momento circense o pomposo que intercede como un conector entre dos o más espacios de obligaciones. Es la pausa. Como un chocolate. Distiende o eleva, según elija uno la mirada del estrés laboral o del displicente ascenso dentro del mundo de las bellas artes.

Los consumos culturales, como ningún otro consumo, representan la pertenencia y manifiestan la posesión casi exclusiva de las clases medias y altas sobre este capital. Cierto tipo de consumo cultural jerarquiza. Así, muchas de las reglas del arte responden a esta mirada y el conocimiento –de esas reglas– es, muchas veces, un mecanismo de preservación de la desigualdad.

Instantánea asociada: en un centro cultural de la segunda ciudad más importante del país, un cantor popular se niega a interpretar su repertorio si no es presentado por otra persona que, antes, hable un rato sobre él. Quisiera que armes una mesita enfrente del escenario para un grupo de periodistas –sugiere después–. Fijate que esté linda, que no les falte nada. Las personas que trabajan en el lugar dejan todo en condiciones. Los periodistas no van a pagar por su comida.

¿Se puede hablar de la cultura como una esfera autónoma? ¿Las ideas, en este plano, son lo mismo que la cultura? Capitalismo de signos y espacios, le llama Ana Wortman a esta difusa frontera que existe entre arte y la industria. ¿Cuáles son los límites de lo cultural y, pongamos por caso, lo no cultural? ¿Por qué los consumos culturales no estudian, por ejemplo, el consumo de un auto o de una mesa? En las máquinas que construyen los hombres hay unos circuitos de ingenio que se pueden compartir, que unas mentes comparten con otras. Igual que se comparte la poesía (John Berger, en Cartas de A para X). Las artes son acaso un porcentaje menor dentro del campo de la cultura que lo excede ampliamente. Seguir leyendo “¿Quién quiere ser culto?”

¿Quién quiere ser culto?

Parte del Aire

Texto de Apertura, DEODORO, Julio 014

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No se puede arder en el altar del materialismo. Siempre llega un momento en el que uno necesita darle otro valor a su propia vida. No importa la actividad elegida (…) la intención es siempre la misma: encontrar una metáfora que rime con la necesidad de darle un significado a la actividad humana. (…) Yo, por mi parte, escribo canciones.

Leonard Cohen

Es fascinante la influencia de los olores en las conductas, en las memorias. El olor, que no es otra cosa que partículas ínfimas de aquello que se huele, en combinación, por ejemplo, con recuerdos o experiencias, es capaz de generar una suerte de absolutismo de lo invisible. Una parte física, otra emocional. Son gases, polvillo, materia irreconocible para la mirada, imperceptible al tacto, pero misteriosa y reflectante como todo lo que no se ve pero existe y determina. La pregunta sobre el rock, también, tiene que ver con la omnipresencia de lo invisible. Con las cosas que no se tocan, dice Pity Álvarez, uno de los rockers más rockers de la escena.

Forzando tal vez una analogía, el recuerdo y la identidad son micropartículas de aquello que alguna vez se sintió con mucha intensidad. Algunas, fragancias; otras, basura. Recitales, situaciones acompañadas de alguna melodía: se trata de momentos o de espacios vividos donde (casi) sin tomar verdadera conciencia del asunto aprendemos a ser (Blázquez, en Deodoro junio). Nada menos. ¿Cómo es, si no, que algunas canciones o eso que se denomina la cultura rockera tatúan sobre las experiencias de las personas recuerdos y explicaciones resumidas en una frase, en una actitud o en una determinada zapatilla? Hablamos de simbología y poesía que imprimen sentido de manera extraordinaria.

Las letras de las canciones generan realidades intelectuales disfrazadas de emociones, explica el Indio Solari, que prefiere hablar de pensamiento rítmico para definir su poesía. Pensamiento y ritmo. Como si reforzara así aquella certera máxima de Roberto Fontanarrosa: lo contrario de lo divertido no es lo aburrido, sino lo pomposo. Lo pretencioso: el cancionero popular y especialmente el rock está compuesto de frases simples de compositores y poetas que entendieron que ponerle Sócrates a tu hijo no garantiza su inteligencia. En la narración de la desesperación, la supervivencia y la aceleración, el pensamiento rítmico, la poesía y las canciones de rock se llevan una parte importante de esa permanente construcción de sentido. Seguir leyendo “Parte del Aire”

Parte del Aire