Pulsión

Un cuento improlijo, para mis amigos improlijos

Imagen

(Primera parte o el origen de la pulsión)

Forjé mi pulsión a los trece años cuando en el colegio mis compañeras empezaron a insinuar sus capacidades sexuales. No puedo olvidarme de ellas ni de las sensaciones de aquel tiempo; recuerdo cada palabra, cada gesto, cada movimiento. Algunas me hicieron mucho daño, otras nunca dejaron de hacerme mal. Hoy, varios años después, decido dedicar lo que quede de mi vida a cumplir con aquellas fantasías que me dejaron huellas, estigmas que llevo tatuados en toda la piel y en las placas de mi memoria. Una por una voy a ir pagando mis deudas con la adolescencia, con aquella adolescencia mía que no acabo de superar. Tengo un plan y lo comparto con ustedes esperando que me ayuden a limar los detalles más finos de una misión que, aunque algo macabra, va a servirnos de prueba para empezar a romper por fin con nuestras vidas repletas de postergaciones. Así no es la vida. Seguir leyendo “Pulsión”

Pulsión

Como aviones

Relato publicado en revista Deodoro, Febrero de 2012

Miro a las personas que entran al avión: vamos a morir injustamente.

Los pasillos lúgubres son el preludio perfecto. Ninguno entiende la manera en que una botella cargada de combustible va a dejarnos miles de kilómetros después. Ninguno sabe, tampoco, que en realidad nunca vamos a llegar.

Las azafatas no me importan, no me interesa nadie que pueda usar un uniforme todos los días de su vida. Pero hay viejos que no se lo merecen, tipos que llevan los años marcados en la cara, en los pasos, en las miradas blanqueadas con cal. Caderas dolidas y una cantidad de muertos en la espalda. Sólo ellos mordieron el polvo, sólo el tiempo soportado me conmueve. Pero los demás, los jóvenes, ese estado de latencia, llevan la soberbia en la mirada y unas ganas de matar que no son distintas a la mía. Todos sabemos que matamos cada día y eso lo entendemos bien, vos y yo.

Ellos están equivocados, siempre vivieron confundidos. Yo no siento bronca, ni miedo, ni odio. Es apatía, eso que siempre nos decían. Movete, levantate, hacé algo. Me cago en este avión de mujeres con sonrisas paralelas y de hombres canosos con miradas practicadas al espejo: ellos son personas absolutamente capaces de mandar a matar, aunque aun no lo sepan. ¿Hasta cuándo van a aguantar esa tensión?

Hoy es la última vez que siento rabia, ya, este mismo instante en el que la escribo. Rabia. No quisiera que me juzguen con la moral si es que yo también voy a volarme adentro de esta botella. Yo no me lo gané, ¿o quiénes merecen la muerte? La muerte, digo. En una hora nadie va a acordarse de mi vida, de la tuya, ni de la de nuestros amigos; pero miles –vas a ver– miles van a hablar y hacer películas con canciones en tonos menores de cada uno de las mierdas que viajan conmigo. Incluso de las azafatas. Que me escuchen las plumas del cine, que me miren los ojos de la lente: yo también pagué este pasaje a los mal cogidos de la aerolínea. Ahí están mi guita y mis huesos. Y yo necesito su lástima, me la tengo ganada. Seguir leyendo “Como aviones”

Como aviones

Andrés

Y así fue la historia de Andrés, me la contó antes de que pasara. Algunos sabemos que nos vamos a repetir, me dijo. Aquél día hablaba como si fuera otro: voy a pedirme un whiskey –empezó- y voy hablar de Paula que ya no me importa, pero hablo de ella cuando tomo, como los contadores de chistes que siempre vuelven al primer cuento que hizo reír a alguien. Le voy a insistir -se paró para ser más claro- quiero que me digas tres cosas que me van desilusionar, solo tres. Ella se va a asustar y yo le voy a pedir perdón. Cuando empiezo a pedir perdón sin saber por qué ya no puedo volver a ser yo. No tengo que tomar whiskey, puede ser que sea eso, no se. Voy a tomar Garibaldi, ¿vos lo probaste? Campari con naranja, un amarguito.

Andrés

Un Martes

Todo empezó con un bocinazo en la calle Rioja. La bocina sonó una vez, dos veces y una tercera vez interminable que lo expulsó del asiento. Días después acabaría pensando que él hubiera hecho lo mismo, pero las cosas pierden su esencia una vez pasado el presente. Abrió la puerta y se bajó del auto; la concha de la lora, dijo, juntando todas las palabras en una sola: aconchdlalorr.

Eran las cuatro de la mañana de un martes, un horario insólito en el más absurdo de los días de la semana. La calle estaba desierta, pero el Peugeot 504 de Andrés la cruzaba de par en par. Le costaba caminar y Romina, que ya no tocaba bocina, le pidió que corriera el auto de ahí. Andrés no podía sostenerse. Lo estacioné, explicó él, y cuando quiso volverse hacia su auto cayó desmayado encima de la puerta del auto de ella: sonó a roca contra roca. Seguir leyendo “Un Martes”

Un Martes

Parientes

– ¿Los parientes de Valeria?, ¿quién de ustedes es pariente de Valeria Ortega?

La enfermera buscaba entre la gente alguna persona que estuviera impaciente o preocupada como supuso que estaría un conocido de Valeria; miraba los rostros de cada uno de los que estaban, los estudiaba, depositaba la mirada en ellos con tanta intensidad que era casi imposible no sentirse intimidado. ¿Alguno de ustedes conoce a Valeria Ortega?, insistió. Y otra vez nadie contestó.

Era febrero del dos mil cuatro. Entonces yo vivía cerca del hospital San Roque y cuando salía de mi trabajo en la biblioteca vendía flores en las salas de la maternidad para no volver a mi casa. No es que lo necesitara, pero la soledad me había maltratado y los hospitales siempre despertaron curiosidades en mí, recuerdos de la infancia, no sé; así como para algunos los trenes o los aviones, para mí los hospitales tenían eso de enigmático que los volvía un lugar de emociones opuestas y por eso, fascinante. Un mismo lugar para los nacimientos y las muertes, si veníamos o íbamos a alguna parte, las puertas tenían que estar ahí. Casi abandonado por las autoridades pero superpoblado por enfermos y enfermeros, el San Roque era un hospital con reglas propias, puestos de comida, carros de frutas y verduras.

Ya había vendido casi todo, sólo me quedaban flores amarillas: las rosas rojas son siempre la opción primera. En un hospital, las flores son todo el montaje permitido y el color no es algo que se pueda negociar: si la postal exige rosas rojas, un ramo de rosas amarillas equivale a una escoba de alambres o a un teléfono celular: una regla del gusto que no consigo aprender. Seguir leyendo “Parientes”

Parientes

Burbujas

La primera burbuja salió chiquita, redonda, perfecta. Después vinieron dos y enseguida una fila de burbujas más grandes que subieron mucho más rápido que la anterior. Yo tocaba el agua ondulante, clara y turquesa por el reflejo del fondo. Levantaba la mirada a cada instante y controlaba el tiempo en mi reloj digital: iban exactamente treinta y cinco segundos. Siete más y perdía.

Pensé en mentir, pero todavía podía ganar si él saltaba antes que se cumpliera el tiempo. Treinta y ocho, treinta y nueve, cuarenta segundos y una burbuja enorme subió como un buen presagio. Pero Tomás no apareció, ni siquiera movió un centímetro de su cuerpo, estaba inmóvil como un objeto encontrado en el fondo del mar. Cuarenta y uno, cuarenta y dos, cuarenta y tres segundos y nada. Afuera, con la espalda al sol desde hacía tres horas, yo ardía de calor y de impotencia. Había perdido y no lo podía soportar. Un momento después, cuando mi cronómetro ya marcaba cincuenta y dos segundos, Tomás levantó la cabeza con desesperación y respiró agitado agarrándose del borde. Seguir leyendo “Burbujas”

Burbujas

Cecilia

¿Cómo se llama a una mujer que vende pollos?

Cecilia no veía a su madre desde hacía más de diez años y, aún cuando su etiqueta la ubicara en la góndola de la más rancia aristocracia, se ganaba la vida vendiendo pollos en el Pata y Muslo del mercado Central. Los vendedores de puestos vecinos, que le tenían un respeto extraordinario, le decían la pollerita. Se paraba cada mañana frente al mostrador y subía los pollos uno por uno del canasto sangrante a la mesada blanca. Ahí dispuestos, como a un bebé recién nacido, los agarraba por las patas y les quitaba la piel amarilla apenas adherida al cuerpo como una camiseta transpirada. En segundos, ese mismo cadáver que ya no sangraba iba tomando forma de porciones al ritmo de su cuchilla y lo que hacía tan sólo instantes me provocaba cierto asco comenzaba a hambrearme hasta la desesperación. Olía a transpiración fresca. El delantal blanco salpicado de sangre alumbraba sus ojos marrones que no desviaba de las articulaciones que encontraba precisas en cada corte implacable de la hoja de su cuchilla. Es fácil culparse a uno mismo de sentir admiración y ternura en el acto propio de la descuartización, pero a mi me resultaba un sentimiento inevitable. Así como yo, todo el que pasaba frente al puesto giraba el cuello como un búho para no dejar de verla trabajar por el tiempo que durara caminar de una punta a la otra del pasillo. La crueldad es, también, una herramienta de seducción. Seguir leyendo “Cecilia”

Cecilia