Los hombres pisan a los autos

Las calles son el 80% del espacio público y representan las arterias de la democracia y el antídoto del miedo. Sin embargo, sorprende cuando se llenan de gente. Las ciudades, como las escuelas públicas, son un mecanismo permanente de redistribución del ingreso. La movilidad social y la igualdad de oportunidades dependen de ellas. ¿Por qué tomamos las calles? ¿Por qué es tan estimulante y tan irritante a la vez?

En Revista Matices, Mayo 017

Siempre necesitamos de las preguntas elementales: ¿Hasta dónde pueden o deben llegar las lógicas del mercado? ¿Cuáles intereses se imponen históricamente por sobre otros?

Lo privado y lo público en tensión son el escenario sobre el que se desarrollan las más acaloradas discusiones de nuestra época y la batalla mayor es de interpretación: estamos hablando del triunfo parcial del sentido privatista como un lugar de privilegio. ¿Qué quiere decir esto? En resumidas cuentas, que lo privado presupone ser, para gran parte de nuestra sociedad, algo preferible a lo público. O peor aún, más legítimo. Pensemos en algunos de sus resultados.

Asistimos los pasados meses de marzo y abril, como tantas otras veces, a conflictos vinculados con el inicio de las clases: cientos de miles de ciudadanos reclamando por mejores condiciones laborales, edilicias y de reconocimiento público para la tarea docente. La aparición y multiplicación de escuelas privadas fragmentaron la atención a las escuelas públicas que paulatinamente dejaron de ser un espacio de encuentro de clases para transformarse en instituciones con asistencias homogéneas de estudiantes en cuanto a su composición socioeconómica. Las consecuencias de este fenómeno no fueron pocas, pero se destaca la pérdida de atención y de poder de reclamo de la educación pública que, abandonada su representatividad policlasista, encuentra menor eco dirigencial en sus reivindicaciones. La vocación universalista se transforma, a través de la forma mercancía de la educación, en una cuestión de mercado y las escuelas públicas, relegadas, se transfiguran es instituciones dirigidas a sectores marginales de la sociedad emparentadas ya no a derechos, sino a programas sociales. Es una devaluación intencional, paulatina, progresiva.

Con las ciudades ocurre algo muy parecido. Como una escuela privada que selecciona a sus mejores alumnos, los municipios colindantes a la ciudad de Córdoba compiten entre sí por la instalación de las urbanizaciones privadas, por sobre la generación de barrios abiertos (inestables e inseguros, como la escuela pública). Ninguno de estos procesos es independiente del otro. Se trata de un sentido imperante que establece que lo privado es conveniente a lo público. Sucede lo mismo con los centros comerciales y recreativos, que canalizan también las ofertas comerciales y culturales hacia espacios cerrados y vigilados. Seguir leyendo “Los hombres pisan a los autos”

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Los hombres pisan a los autos

La invención de la Decencia

la invencion de la decencia

No es extraño ver a la gente más delgada caminando en grupos de dos o tres, a veces familias enteras, atados entre sí con sogas o cadenas, aferrados los unos a los otros, sirviéndose de lastre contra la ventolera. Otros abandonan por completo la idea de salir; abrazados a los portales o a las glorietas, incluso el cielo más límpido llega a parecerles una amenaza. Piensan que es mejor esperar tranquilamente en un rincón que ser arrojados contra las piedras.

(Paul Auster, El país de las últimas cosas)

Cuando se enciende una pantalla, cualquiera sea, la calle sólo tiene dos tipos de habitantes: los llamados delincuentes y la policía. Como en un juego de mesa, o en los monitores de un ciber, la criminología mediática relata cómo el bien y el mal definen por penal. Si uno obedece a la escala cromática, sabe que los dos se narran en el gris, en un gris en el que no se discuten ni las razones del delito, ni la pertenencia –y sometimiento– de la policía a las fuerzas democráticas de los poderes del Estado. Las noticias policiales ocupan prácticamente todo el relato de los noticieros y los diarios. Es fácil –y peligroso– olvidar que la policía es una herramienta. Una herramienta con control civil.

La extorsión de diciembre de 2013 producto del autoacuartelamiento de las fuerzas de seguridad provinciales (prácticamente en todas las provincias del país), fue la materialización de este escenario creado. Las fuerzas policiales puestas en rebelión desafiaron a las estructuras civiles del Estado. Abandonaron irresponsablemente sus funciones habituales en absurda complicidad con algunas decisiones del poder político. Al desenlace y al contagio lo conocemos todos: fue uno de los momentos históricos más relevantes de los últimos años, increíblemente guardado bajo la alfombra. Un aumento salarial promedio por encima del 60 % en todas las provincias y un fortalecimiento casi inexplicable del rol represivo de la policía.

Entre la policía y los delincuentes (estética y socioeconómicamente tipificados) hay una tercera categoría que cierra el escenario. Se trata de la invención de la decencia. La decencia es una categoría moral, es el ciudadano común, el ciudadano de a pie, el hombre de bien. La decencia son todos los eufemismos juntos que fueron paridos para ausentar al Estado como organizador y regulador de la vida social. Es una idea amorfa en la que se pretende ubicar a cierto tipo de ciudadanos como personas independientes de todo tipo de política pública, de toda pertenencia, de toda garantía de derechos. Es una especie de ser completo e independiente (¡cuántas veces lo mismo!) que lo único que quiere es que lo dejen en paz, y que pide, a gritos, que a los pobres no les den el pescado, sino que les enseñen a pescar. Seguir leyendo “La invención de la Decencia”

La invención de la Decencia

Parte del Aire

Texto de Apertura, DEODORO, Julio 014

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No se puede arder en el altar del materialismo. Siempre llega un momento en el que uno necesita darle otro valor a su propia vida. No importa la actividad elegida (…) la intención es siempre la misma: encontrar una metáfora que rime con la necesidad de darle un significado a la actividad humana. (…) Yo, por mi parte, escribo canciones.

Leonard Cohen

Es fascinante la influencia de los olores en las conductas, en las memorias. El olor, que no es otra cosa que partículas ínfimas de aquello que se huele, en combinación, por ejemplo, con recuerdos o experiencias, es capaz de generar una suerte de absolutismo de lo invisible. Una parte física, otra emocional. Son gases, polvillo, materia irreconocible para la mirada, imperceptible al tacto, pero misteriosa y reflectante como todo lo que no se ve pero existe y determina. La pregunta sobre el rock, también, tiene que ver con la omnipresencia de lo invisible. Con las cosas que no se tocan, dice Pity Álvarez, uno de los rockers más rockers de la escena.

Forzando tal vez una analogía, el recuerdo y la identidad son micropartículas de aquello que alguna vez se sintió con mucha intensidad. Algunas, fragancias; otras, basura. Recitales, situaciones acompañadas de alguna melodía: se trata de momentos o de espacios vividos donde (casi) sin tomar verdadera conciencia del asunto aprendemos a ser (Blázquez, en Deodoro junio). Nada menos. ¿Cómo es, si no, que algunas canciones o eso que se denomina la cultura rockera tatúan sobre las experiencias de las personas recuerdos y explicaciones resumidas en una frase, en una actitud o en una determinada zapatilla? Hablamos de simbología y poesía que imprimen sentido de manera extraordinaria.

Las letras de las canciones generan realidades intelectuales disfrazadas de emociones, explica el Indio Solari, que prefiere hablar de pensamiento rítmico para definir su poesía. Pensamiento y ritmo. Como si reforzara así aquella certera máxima de Roberto Fontanarrosa: lo contrario de lo divertido no es lo aburrido, sino lo pomposo. Lo pretencioso: el cancionero popular y especialmente el rock está compuesto de frases simples de compositores y poetas que entendieron que ponerle Sócrates a tu hijo no garantiza su inteligencia. En la narración de la desesperación, la supervivencia y la aceleración, el pensamiento rítmico, la poesía y las canciones de rock se llevan una parte importante de esa permanente construcción de sentido. Seguir leyendo “Parte del Aire”

Parte del Aire

Estúpidos

Texto de Apertura. DEODORO, Mayo 014

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Jorge Luis Borges dijo –o dicen que dijo– lo siguiente: el fútbol es popular porque la estupidez es popular. Probablemente sea una de las frases más citadas de uno de los escritores más prolíficos de la historia de la literatura. El mismo que escribió, estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo, y pudo haber sido un trapo en un estadio de Temperley, Desamparados o Chaco For Ever. Cierto o no, es irrelevante. La estupidez en boca de gente inteligente permanece estúpida. Pero dos cosas aturden de esa frase mucho más que su contenido. Una, la cobardía de citar para no decir con voz propia. Y dos, que expliquen al fútbol las personas desapasionadas. En adelante, arriesgo una norma: pretender comprender al fútbol sin pasión es inútil como soplar en flauta quebrada.

Con lo que cuesta generar abrazos, con lo mucho que cuesta generar abrazos. Qué sobrestimada está la inteligencia, mi amor. Igual que todo lo que sucede, el fútbol se narra y se emparenta con sorpresiva facilidad a un fenómeno cultural íntimamente ligado a la violencia, a lo irracional, a lo agresivo. Como si el entusiasmo, la alegría o la tristeza mantuvieran vínculos genéticos con la barbarie. Cualquiera que haya abrazado a un desconocido en una cancha, sabe que esa es sólo una parte de la foto; que existe, pero que es tan sólo una porción. Cualquiera que haya abrazado a un desconocido en una tribuna, sabe que no hay nada más hermoso que la alegría compartida. Los estadios están llenos de hombres y mujeres que van cada fin de semana en búsqueda de ese mismo sentimiento. Pero el fútbol como fenómeno cultural de escala planetaria es uno de los negocios más formidables. Manejado en sus estructuras por gente que fuma debajo del agua (Maradona sobre Coppola) alberga todas –absolutamente todas– las manifestaciones con las que convivimos por fuera del deporte. Los intereses en juego se corresponden a la escala del fenómeno.
Tal vez sirva un ejemplo paradigmático de los elementos exógenos al fútbol para enmarcar la dimensión. Ocurrió en Centroamérica, en el año 1969. Acá no hay ficción. Se jugaban las eliminatorias y minutos después de que Honduras cayera como visitante frente a El Salvador, el técnico hondureño dijo, muerto de miedo, “menos mal que hemos perdido este partido”. En el encuentro de ida había vencido Honduras y una niña de 18 años murió de un tiro en el corazón. “Una joven que no pudo soportar la humillación a la que fue sometida su patria”, tituló el diario salvadoreño El Nacional. Muy poco tiempo después se desencadenó la llamada “Guerra del fútbol”. Murieron seis mil personas en cien horas y las oligarquías de ambos países solucionaron un problema territorial de frontera que los tenía muy preocupados. El nacionalismo exacerbado, orientado a través de los medios y fogoneado en los estadios, les dio la excusa perfecta. Seguir leyendo “Estúpidos”

Estúpidos

Esas almas

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Apertura, Deodoro Diciembre 2013

Hace algunos años, en una clase de teoría política de una universidad del interior del país, la profesora explicaba ante un grupo de chicos de dieciocho años qué era la república y cuál era la centralidad del Estado en la organización de las sociedades. Con las estructuras en tiza como una escalera deforme dibujada sobre el pizarrón, la docente se detuvo y preguntó: ¿quién tiene el poder? Y desde el fondo del aula semivacía, como en el último asiento de un colectivo, Facundo respondió: He-Man.

La democracia es, antes que todas las formas, poder. Sin poder, la democracia es un gesto de amabilidad, una toma de rehenes con vernissage. En el complicado equilibrio de libertad e igualdad, la democracia es –tomo palabras de Ricardo Forster– el nombre de una grieta en la estructura de poder (…) la democracia confunde lo que la riqueza y el nacimiento explican sin inconvenientes. Rápidamente: si la democracia no distribuye la riqueza material y simbólica, Facundo tiene razón.

El poder es impunidad: así lo definió el empresario Alfredo Yabrán en una nota que le hizo Mariano Grondona, más o menos dos décadas atrás. Certero, conocedor de su contexto, pez en el agua durante la venta de garaje que fueron los últimos años del siglo pasado. Durante varios gobiernos democráticos, vimos cómo detrás de las defensas a la estabilidad, al orden y la propiedad privada por sobre todos los demás derechos, se atropellaban las pretensiones de igualdad y distribución. El poder era, sin dudas, impunidad. Y el Estado significaba, cuanto mucho, el monopolio del uso legítimo de la fuerza para cuidar ese orden establecido. Represión. Seguir leyendo “Esas almas”

Esas almas

Lobo suelto

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Un morocho transpirado, de jeans y de remera gris, corre en cámara lenta en una escena de cuadro por cuadro impactante. Lo iluminan torres de reflectores desde los dos costados de su carrera. Corre con los brazos extendidos, como indica la postura de un buen atleta. Las manos abiertas. La música podría haber sido la de los juegos olímpicos; es gloriosa, es emocionante. Todo es agonía y mientras corre él abre su boca volviéndose un gesto épico, rodeado por conitos naranjas de seguridad que indican algún tipo de peligro. Llegando a la meta salta hacia lo que podría ser un arenero, o una fila de vallas de carreras con obstáculos. Pero no. Salta y choca contra una enorme puerta de acero. Todo retumba como en eco. Su rostro rebota en alta definición y se ve, con infinito detalle, cómo el cachete, los labios y los ojos se deforman en movimientos ondulantes. El hombre cae hacia atrás. Se ven las zapatillas blancas, lisas, sin marcas como la remera y el pantalón. La música continúa y las letras aparecen: puertas Pentágono, más duras que la realidad. Durante muchos años vimos esta publicidad como un paisaje más dentro del ojo cíclope de cristal.

Tiempo después apareció Micky Vainilla, el genial personaje de ficción de la mano del también genial Diego Capusotto. La sátira y la realidad funcionan prácticamente con la misma imagen. Micky no pudo exagerar esta publicidad, pero nos hizo reír. Si es un programa de humor, es gracioso. Si no, es realidad. Y una ideología o una cosmovisión se imponen cuando se convierten en sentido común, cuando su esencia está presente en todas partes. A Micky la pobreza le molesta –dice– estéticamente. El problema no es que existan los pobres, el problema es que yo los tenga que ver, explica.

El miedo extorsiona. Alessandro Baricco cita a la cultura de los derrotados para hablar de las invasiones bárbaras: “El miedo a ser derrotados y destruidos por hordas bárbaras es tan viejo como la historia de la civilización. Imágenes de desertización, de jardines saqueados por nómadas y edificios en ruinas en los que pastan los rebaños son recurrentes en la literatura de la decadencia, desde la antigüedad, hasta nuestros días”. El miedo es fascinante. Es absolutamente cautivante. Ni el cine, ni la literatura pueden funcionar sin el miedo. Ni siquiera las historias más tradicionales del amor.

En Córdoba, el miedo a cualquiera de todas estas invasiones ha sido alimentado metódicamente por la publicidad y las acciones de gobierno en los últimos 14 años. Desde sus comienzos, allá por el año 2002, la idea de la invasión cultural justificada en el miedo al contacto con lo diferente permitió que, a través de la segmentación de los espacios urbanos en ciudades barrios o countries y barrios privados, se separaran los estratos sociales en formaciones de tipo gueto. Hoy, esto ya es percibido como algo natural. Lo mismo sucedió con la estigmatización del pequeño consumidor de estupefacientes (combatiendo el narcotráfico), la persecución a las trabajadoras sexuales (combatiendo la trata de personas) y a los jóvenes de los barrios periféricos (combatiendo la delincuencia). El cotillón y una extenuante campaña mediática acompañaron cada una de estas acciones. Así nacieron, entre otras, las reformas al código de faltas, las nuevas unidades de control policial como la CAP y la estrella más grande, el león del circo, la mujer barbuda: un helicóptero con tecnología infrarroja y sensores de cámara termográfica que patrulla la ciudad. Córdoba es un set de filmación.

Los guardianes de la moralidad se alimentan del miedo. En nombre de los peores temores se atropellan las libertades más primitivas: trabajar, caminar los espacios públicos, decidir sobre tu propio cuerpo. La territorialidad del delito y la complicidad policial terminó de descubrir el finísimo velo que todavía la disimulaba. El escándalo de la narcopolicía que lo volvió público con notable contundencia impuso un nuevo momento de revisión. Las instituciones a cargo de la seguridad, garantizan la impunidad y la delincuencia. Mientras el narcotráfico tenía aliados azules, un consumidor de marihuana podía estar preso. Parece un juego de palabras, pero es una práctica. Es que es tan pornográfica la realidad. Cientos de prostitutas sacadas de sus tradicionales lugares de trabajo por operaciones de impacto mediático trabajan ahora en la clandestinidad en condiciones mucho más precarias que las anteriores. En nombre de ellas, su propio castigo.

En la ciudad de Córdoba hay un arresto cada trece minutos concentrados en adolescentes y jóvenes detenidos por merodeo. Por transitar. Por ser portadores naturales de la sospecha.

Trece minutos.

Lobo suelto

Como un concurso de belleza

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Esperanza es una linda palabra, a pesar de la canción.

Pero tantas veces vinculada a la postergación acabó identificada con la estafa. Imposible no recordar el efecto o la teoría del derrame, ese invento técnico que pretendía darle un marco teórico a la esperanza. ¡Cuántas veces el tecnicismo sirvió de plataforma para instalar un engaño! El efecto derrame o la teoría del goteo –todos eufemismos de lo mismo– explicaba que al producirse un crecimiento económico sin modificar las estructuras, parte de este incremento necesariamente llegaría a las capas sociales postergadas. Casi una explicación mística de la redistribución. El enriquecimiento de los ricos generaría mayor empleo, más ingresos y mayor consumo. Fue la escafandra que contuvo el endeudamiento, el empobrecimiento, la despolitización y la consolidación de un estado represivo.

Esta teoría fue el contexto de aquello que tan naturalmente se denomina hoy como la década del noventa. Hartos de escuchar hablar de los noventa. Siempre fue peligroso naturalizar las cosas. La memoria tiene ese gran enemigo: la etiqueta que reemplaza la explicación. Por eso con el tiempo la dictadura militar ya no es tan sólo un grupo de tiranos armados, sino de tiranos armados y civiles. Y de empresas. Y jueces. Y médicos. Y vecinos. Con la década del noventa pasa algo parecido.

Como unidad de análisis es una década larga, que va desde la hiperinflación de 1989 hasta finales de 2001 con aquel estallido social que sería fundacional de lo que vendría después: el Argentinazo. Una década de casi trece años. Dentro de ella caben procesos muy difíciles de revertir. La farandulización de la política, cierta idea de integración global a cualquier costo y la política entendida como un espacio sólo para especialistas, ajeno a la participación y a la discusión real de los problemas de las personas. Fundamentalmente esto último: el borramiento discursivo del conflicto de intereses amparado en un axioma falso: la gente no quiere más problemas. Detrás de esa trinchera, la traición.

De aquella negación del conflicto surge otra expresión moderna de la esperanza que es de una formidable tibieza política: personajes capaces de hablar durante horas como si fueran recientes ganadores de un concurso de belleza. Ante cada situación conflictual hablan en nombre de la paz social o de alguna definición gris asociada a cierta reconciliación. Pero, ¿qué piensan ellos de la legalización del aborto?, ¿cómo van a disminuir la pobreza?, ¿cómo van a enfrentar a las corporaciones? ¿Van a decir alguna vez qué van a hacer con la Asignación Universal por Hijo, con la Ley de Medios, con la soberanía hidrocarburífera? ¿Cómo van a garantizar los derechos a la educación, a la salud, a la justicia? Nada. La gente no quiere más problemas. Déjenmelo a mí. Síganme. La política para especialistas deja de lado al pueblo y –sobre todo– a los intereses del pueblo en nombre de la esperanza.

Y así, mientras el clima parece ser otro, a contramano del abandono de los paradigmas de la década de las canchas de paddle, en la provincia de Córdoba inventamos una década de 25 años. Aquel universo de sentidos sigue absolutamente vigente y la farandulización sigue siendo el esquema. A la ampliación de derechos, respondimos con restricción. A la AUH y al matrimonio igualitario con persecución al consumo de estupefacientes, persecución a las trabajadoras sexuales y criminalización de la pobreza. Al desendeudamiento, con deuda. A la tolerancia, con represión. Córdoba no para.

Pero a diferencia de épocas pasadas, las organizaciones sociales y los ciudadanos en general están empoderados, organizados y mucho más involucrados en los debates reales de la sociedad. Reales, insisto. La certeza de que el destino individual está atado al colectivo es un aprendizaje generacional del siglo veintiuno. Porque vivimos en carne propia la dimensión de los cambios sociales conducidos a través de las herramientas de la política. De esta manera no es extraño pero sí emocionante, pienso, que la política haya recuperado la palabra amor. Donde antes había esperanza, hoy hay amor. De la tribuna a la cancha.

Es otro cambio de paradigma, y van.

*En Gaceta Deodoro, mes de Agosto de 2013

Como un concurso de belleza