Arqueología de la Otra Córdoba

Entre finales de 2015 y mediados de 2016 se publicaron en Córdoba tres notables libros que recuperan una Córdoba latente, minoritaria, impredecible: la Córdoba que resistió y se resiste a lo que Martínez Estrada denominó la trilogía mercado-cuartel-templo. Me refiero a “La Ley de la Revolución” del periodista Juan Cruz Taborda Varela, a “Textos Viscerales” del también periodista Luis Rodeiro y a “Contra Córdoba”, del filósofo Diego Tatián.

Mariano Barbieri

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Fuimos testigos –y acaso protagonistas- desde finales del 2015 de una nueva restauración conservadora avalada y obtenida a través del sistema democrático con una excluyente participación de Córdoba. Si uno se asoma a cualquier vereda de la provincia, sabrá que siete de cada diez caminantes eligieron esta opción. Sabrá que siete de cada diez cordobeses decidieron, con mayor o menor determinación y conciencia, que la libertad del dinero precede a las demás libertades y derechos. Son muchos los matices, sabemos, pero esta dicotomía (¿la grieta?) divide las aguas como un gran dique de piedra.

Pero, ¿Córdoba siempre fue así? O mejor aún, ¿qué es lo que vive en Córdoba por fuera de esta hegemonía? Pareciera que tanto uno como otro texto quisieran responder, a su manera, estos dos interrogantes. A través de lecturas que muestran a la historia habitada por personas contradictorias, vivas, empujadas por la pasión y por un tremendo impulso libertario, la Otra Córdoba aparece resistiendo a ésta que hoy empuja la restauración conservadora en la UNC, la que definió la elección nacional en favor de la revancha del capital y la que en épocas anteriores marcó a fuego algunas de las más infames gestas. Frente a ellos, estos testimonios escritos en tres géneros diferentes: una biografía, un itinerario político y un conjunto de historias mínimas. Frente a ellos, Deodoro y Gustavo Roca, Atilio López, Alberto Burnichón, Ernesto Guevara, Agustín Tosco, Ricardo Obregón Cano, el “Loco Badessich”, Santiago Pampillón, los estudiantes y trabajadores juntos en el 69 y la inmensa marea de anónimos que dedicaron sus días a transformar la Córdoba clerical, esa Córdoba que, en palabras de Diego Tatián, consideraba cualquier innovación como una afrenta social

La ley de la revolución

Juan Cruz Tabora Varela, rara avis del periodismo en épocas de fugacidad, construye una exquisita biografía política de Gustavo Roca, el hijo de Deodoro, cuya hache de hijo se desvanece con el correr de las páginas o mejor dicho, se emparenta ya no por la sangre, sino por la acción. De Gustavo sabemos poco, casi nada. Un nombre borrado como tantos otros por las sucesivas capas del olvido intencional. Hasta ahora.

Gustavo Roca es –y este es el mayor hallazgo del libro-, un extraordinario punto nodal a partir del cual narrar el caleidoscopio de resistencias a la Córdoba conservadora y sobre todas las cosas, represora. No sólo porque Taborda Varela elije poner el foco en él, sino también porque es el propio Gustavo un ser contradictorio y perteneciente a la vez al selecto grupo de familias tradicionales de Córdoba, como también al más aguerrido grupo de defensores de los derechos humanos independientemente de las filiaciones políticas. Gustavo, el abogado Roca de Córdoba, defendió a propios y extraños de las persecuciones políticas. Y Gustavo, el revolucionario militante libertario, tejió redes inimaginables que incluyeron a personajes de la talla de Ernesto Guevara, Atilio López, Fidel Castro, Julio Cortázar o el “gordo” Soriano y el expresidente de Chile Salvador Allende, entre tantos otros. Era admirado por su capacidad argumentativa, por su solidaridad, por su coraje y, tal vez por encima de todo esto, por esa seductora disposición a perseguir hasta las últimas consecuencias (y esta no es una expresión) todas aquellas causas que consideraba justas. Decía Roca, “Querer una democracia limpia de toda injusticia social fundada en la libertad y la dignidad del hombre; luchar por una patria independiente y soberana, sin condicionamientos políticos, económicos, culturales y militares con ningún país de la tierra, parece ser todavía entre nosotros un delito imperdonable”. No sería un Milagro imaginar que diría hoy ni en qué provincia estaría ahora mismo Gustavo Roca.

“La ley de la revolución” es el camino más largo para pensar la Otra Córdoba, para imaginar un distinto porvenir. No ofrece atajos ni promociones. Taborda Varela pone a disposición el universo de significados en discusión que circularon a través de un personaje y que guardan una vigencia inapelable. Con una notable habilidad narrativa genera tensiones y displicencias propias de las mejores novelas y resuelve con el ejemplo la incógnita de todo lector, ¿para qué sirve la historia? Ahora, como antes, de la inteligencia y el coraje depende su vitalidad.

Contra Córdoba

Es una obsesión de Diego Tatián recuperar las mejores voces de la historia política y cultural de Córdoba. Como escritor, como exdirector de la Editorial de la UNC, como actor político en cada una de sus intervenciones. Una cultura es una cuestión de espectros, dice. Y de esto se trata “Contra Córdoba”, de lo que vive, aun a pesar nuestro, entre nosotros.

Las 29 historias mínimas que incluye el libro sostienen una hipótesis que truena: “todo lo que ha dejado una marca o ha logrado producir un hecho libertario, lo ha realizado contra Córdoba, a pesar de Córdoba, no obstante Córdoba”. Cada una de ellas es una miniatura exquisitamente narrada sobre legados de inspiración y resistencia. Aparecen entre nosotros las esquinas y los barrios que caminamos, los monolitos y estatuas que rara vez nos detuvimos a ver y los nombres de las calles que nos recuerdan quiénes fueron la pluma de nuestra historia. Es una selección precisa de breves y hermosas anécdotas que iluminan en la ciudad sin mar, pero con faro.

Tatián hace las veces de un arqueólogo buscando las huellas de las experiencias de ruptura con la Córdoba arcaica, aquella de “arañas nocturnas hilando infamias”, según Enrique González Tuñón. Estas historias, como dice el autor, buscan inquietar el consentimiento, romper con la unidad del discurso. El espectro abarca personajes tan disímiles entre sí como Deodoro Roca, Barón Biza, Agustín Tosco, Sarmiento (“Córdoba es una anomalía de la civilización, un exabrupto contra natura, un monstruo cultural”), Ricardo Obregón Cano, Agustín Tosco, el arquitecto húngaro Juan Kronfuss o Jorge Bonino, entre otros. Los une la desobediencia, el riesgo y el duro trance de perseguir el movimiento en la ciudad donde lo que impera es la quietud. Y los une, sobre todo, el ojo crítico de Tatián para desempolvar y devolver, con amor y pluma, el brillo de los juguetes perdidos.

Textos Viscerales

Acaso como una tercera dimensión de los dos textos anteriormente reseñados, el libro del “Negro” (“soy negro por adopción”) Rodeiro, completa la mirada desde un compilado de escritos cuya línea se corresponde con la historia de militancia de su autor, siempre encausada en las luchas populares desde los años sesenta hasta la fecha. Sin ser un libro autobiográfico, Textos Viscerales late sobre el lomo de los 71 años de vida y lucha política del –también- periodista. Es un libro -dirá él mismo y coincidimos con él- sobre la sangre caliente, las razones del corazón y los trazos de crítica y utopía.

Entremezclados, encontramos poemas, cartas, crónicas, artículos periodísticos. Escritos en libertad, en el exilio o en la cárcel. Muchos de ellos firmados con pseudónimos (N.N, C.M Josana) que marcan, como indica la portada, un Itinerario Político. Rodeiro elige postergar las pretensiones literarias en favor de una comprensión inequívoca de sus ideas. Vicios del oficio, dice él. Aunque quien lea por ejemplo, “Calzarte mis alpargatas”, dirá que miento y tendrá razón. Pero, en líneas generales, Textos Viscerales es sin lugar a dudas un libro palo y a la bolsa. Rodeiro se define así: negro, peronista, pirata y pingüino. Y así como se define, escribe.

Como los anteriores, este es también un texto que habla de Córdoba, de las múltiples Córdobas, de sus calles, de sus personajes. De sus amores y sus traiciones, de sus publicaciones y censuras. Rodeiro escribe como colectivo: es un hombre político. Es imposible pensar a sus textos sin Los Otros. Aún en la soledad de la cárcel (“La soledad, decía mi viejo, es hueca”), sus escritos son plurales y cargados de generosos reconocimientos. Tal vez esa sea una de las grandes riquezas del libro: Rodeiro nunca escribe solo.

Tengo fe en el país pájaro que construiremos, dice el “Negro” en una de las cartas publicadas, con fecha de noviembre de 1970. Como un mantra, o una marca de fuego, esa frase resuena en cada uno de sus Textos Viscerales.

Todos los siglos

El anti-intelectualismo es siempre funcional a la dominación, dice Tatián. Y el olvido también. ¿Por qué, entonces, ante una nueva derrota del campo popular y la consecuente restauración conservadora, se publican tres libros que eligen hablar de historia, reconstruirla, dejar testimonio? Quienes tengan la posibilidad de pasar por las páginas de estos tres libros lo comprenderán: los tres textos, y acá no hay casualidades, tienen un impacto temperamental.

“Todo es presencia, todos los siglos son de este presente”, escribía el mexicano Octavio Paz. La fuerza de los acontecimientos, la perspectiva que brinda la historia de las luchas pasadas y la actualidad de las discusiones anteriores, regresan la posibilidad y sobre todas las cosas, la voluntad y el argumento. Taborda Varela, Tatián y Rodeiro lo saben muy bien.

PUBLICADO EN EL OTRO PUNTO, DE RIO CUARTO. DICIEMBRE DE 2016

 

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