Decidir mal

Soy dueño de un pensamiento que, por edad, me corresponde criticar: no creo en los próceres. O, mejor, en la narración sobre los próceres que, al fin y al cabo, es casi todo lo que hay.

Dice la canción de Sumo, casi como suplicando: no vayas a la escuela porque San Martín te espera. Nunca imaginé que Luca tuviera aversión al libertador, ni a ningún otro gran patriota, pero coincido con él en que es un cuento difícil de creer aquél de hombres (siempre son hombres) de frases célebres, precisas, de comportamientos ilustres y de miradas adelantadas a su tiempo. ¿Cómo es qué ya no hay héroes o próceres contemporáneos? ¿Dónde quedaron los hombres nacidos para morir por la patria? La historia es, fundamentalmente, presente. ¿Esto la anula? No, pero la vuelve crítica.

Una sola cosa es cierta: la patria es un invento. Sin sarcasmo, ni intentos de ofender, la patria y las naciones son, literalmente, un invento. No hay en ellas nada esencial, biológico, absolutamente nada que les sea natural, genético, inequívoco, intransferible. La patria es una idea, relativamente nueva en relación a otras ideas, pero con una presencia abrumadora.

El historiador Benedict Anderson dice que las naciones son Comunidades Imaginadas. Así, imaginadas, como una religión. Las naciones son una unidad (geográfica, simbólica y emocional) imaginada por grupos de personas que pretendieron garantizar algún tipo de gobernabilidad para un territorio delimitado. Una manera, digamos, de administrar efectivamente el poder. En sus orígenes, la patria no fue un concepto popular.

Fue necesario entonces generar en todos la creencia de que tenemos más cosas en común entre nosotros –algún nosotros- que en relación a los demás –cualesquiera sean los demás-. Malas noticias para los que buscan el gen argentino: están malgastando su tiempo.

Sin embargo la integración de lo disgregado es, sobre rieles justos, una buena acción. Habrá que detenerse, claro, para analizar el costo de esa unidad y sobre todo, lo que oculta: los que quedaron afuera y los que pagaron con el exterminio de comunidades enteras la realización de ese ideal imaginario, tan europeamente soñado.

Ecos de aquél grito

Contar una historia, dice Jon Elster, no es lo mismo que dar un argumento. Parece algo obvio, pero no lo es. Como cosa, la patria no existe, dijimos. Pero como idea, es una idea que tratamos de ligar a la independencia. En ese camino, arriesguemos un poco.

Llamados a pensar sobre la independencia sobrevino este paralelo que, pienso yo, tiende un cable entre lo individual y lo colectivo. Inevitablemente habrás escuchado o pronunciado en alguna esquina una frase que llame a no darle dinero o ayuda a quienes te lo piden. Trabajadores de la calle, vendedores ambulantes. La va a gastar en vino, en drogas, en cigarrillos, o lo que fuere. En resumen, el consejo popular dice o quiere advertir lo siguiente: no merece confianza porque no sabe decidir bien. Pero, ¿según quién?

Tal vez sea un exceso de banalidad (una frontera tantas veces corrida), pero quisiera hacer el intento de tender un puente infinito y, por lo tanto, frágil. ¿Por qué celebramos la independencia? ¿Qué significa ser independientes?

Decidir mal: la independencia es ese derecho a decidir mal, a equivocarse en relación a la mirada de los demás. Decidir mal: desobedecer lo preestablecido, desandar el sendero que el pensamiento dominante -los colonos, nosotros los burgueses, nuestros padres, etc.- tiene decidido por nosotros. La independencia se encuentra en la tensión entre lo que deseamos y lo que se espera de nosotros, de nuestra clase, de nuestro país, de nuestra región. Salirse de ahí siempre será, para quienes ostentan el poder, decidir mal.

Las luchas por la independencia apenas si tienen un hito en aquél 1816. Me gustaría pensar a la patria -esa expresión emocional de las naciones- como un camino colectivo de los pueblos. Las amenazas son distintas, ya no hay barcos con cañones ni virreyes en las provincias, pero el colonialismo sigue vigente. Expresado tal vez en algunas metáforas como el llamado a “ser parte del mundo” o en circunstancias concretas como la dependencia tecnológica, el eurocentrismo cultural y -su contracara- la negación latinoamericana.

Hoy, a doscientos años de aquél hito de la historia, habrá que estar más atentos a la apertura indiscriminada de las importaciones que a la llegada de algún nostálgico payaso disfrazado de rey. Habrá que estar más alertas tal vez al pedido de perdón de un ministro por el “maltrato al capital”, que a las canciones habladas en inglés o la cultura de la comida rápida. El colonialismo, rápido de reflejos, se actualiza a cada instante.

Un ejemplo, tan sólo uno. Pocos días atrás el gobierno decretó la eliminación de las restricciones para la venta de tierras a extranjeros: podrán comprar los ciudadanos de otros países, las tierras argentinas que deseen. Fue justo una semana antes del 200° aniversario de la independencia. Nadie la votó, pero ya rige, así son los decretos. En la década del sesenta se hablaba de colonialismo interno para definir a las naciones que, siendo políticamente independientes, se comportaban como los antiguos colonialistas a través de sus representantes. Estos gobiernos siempre recibieron un fuerte apoyo de la “comunidad internacional”, justamente por tener esa voluntad, esa capacidad y esa sana costumbre de decidir bien.

Será entonces, que este nueve de julio habrá que estar atentos, como en una gran fiesta de disfraces, para ver quién es quién detrás del noble brindis de la copa de la independencia.

En Diario Otro Punto de Río Cuarto, 15/07/2016

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