Gente como uno

Meritocracia-

Cada vez que se confunde desigualdad con diferencia, discutimos sobre el escritorio equivocado. La idea de mérito supo construir explicaciones sobre la pobreza y la riqueza a partir de los talentos individuales, del esfuerzo y del sacrificio, dejando relegada a un tercer o cuarto plano a la discusión sobre la línea de largada. La meritocracia acusa al pobre de su pobreza. Este argumento caló muy hondo en el sentido común constituyéndose en la piedra angular de la reproducción de la desigualdad. “Cada uno tiene lo que merece”: cuando más familiar nos resulta un lenguaje, más cosas se nos pasan por alto.

Promediando el siglo dieciocho, Jean Jacques Rousseau respondió a un concurso con la siguiente consigna: explicar el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres. En un memorable ensayo, el autor ginebrino concluyó que, a diferencia de los que muchos sostenían, la desigualdad no se funda en la posesión desigual de talentos sino que es el propio contrato social lo que legitima la iniquidad. Es decir, la política, la moral, la ética.

La meritocracia evangeliza y decora todo lo que la riqueza y el nacimiento explican sin mayores inconvenientes. La actualidad de esta discusión me recordó a un viejo eslogan que generó grandes polémicas en una época histórica de características similares: formando líderes. Veinte años atrás desembarcaba en Córdoba la primera de una serie de propuestas privadas de formación de elites universitarias que apelaba a hacer del mundo un lugar a semejanza de sus deseos. Con frecuencia, las clases sociales dominantes tienden a atribuir a la realidad sus propios principios de relación con ella, ocultando en una apariencia de igualdad, una desigualdad constitutiva. La intencionalidad de esta operación, en muchos casos es evidente, en otros no. De cualquier modo, si esta plataforma llevara un nombre, ese nombre sería sin dudas el de meritocracia.

El sociólogo Pierre Bourdieu hablaba del beneficio simbólico de la normalidad. Con perdón del autor, es algo así como la famosa expresión de “gente como uno”. Decía que las sociedades tienen un criterio de normalidad triunfante, ganador. Pensemos, por ejemplo, en las familias de clases medias o medias altas. Ellos, por su condición dominante, están en disposición de exigirles a todos su semejanza y ejemplo sin tener que plantear la cuestión de las condiciones de acceso (un cierto nivel de ingresos, una vivienda, etc.). Se postulan así una serie de valores que luego la práctica niega, pero que finalmente consiguen mantener el statu quo.

No es casualidad, pienso, que resucite este concepto con tanta intensidad en una época en la que son cuestionados muchos de los mecanismos de solidaridad (subsidios, regulaciones, derechos, accesos). Es innegable: el mérito existe, el esfuerzo, el talento. Pero un sistema basado tan sólo en la diferencia es un modo conservador de organización y profundamente anti solidario. En las antípodas de este pensamiento –a veces la oposición refuerza los significados- está el concepto de movilidad social, basado en el achicamiento de la brecha social.

La trama, por mucho que se oculte, tiene una fuerte impronta ideológica: mientras la política es una manera de habitar el mundo colectivamente, el mérito es un recorrido individual.

En el diario La Voz del Interior, Domingo 05-06-16

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