1993

Publicado en la antología de cuentos “Fútbol de Autor” de Editorial Guadal, 2018.

LDT-1993-Talleres-Estudiantes

Al principio fue la mufa, o esa sensación de que habíamos llegado al mundo del fútbol para vivir la agonía. Cuando digo mundo del fútbol, lo digo sin reconocer los bordes, ¿dónde empieza y dónde termina el “mundo del fútbol”? A los once años es muy difícil de saber. La identidad es un gran exceso de afirmación: lo que le pasaba a Talleres me pasaba a mí, personalmente, como una trompada en la nariz o el afano de mi bicicleta.

Era abril de 1993, año horrible, año sorete. Lo escribo y lo siento, como cuando cualquier hincha de fútbol lee mil novecientos noventa y el mundial de Italia le provoca un micro desgarro. Entonces, el descenso, siempre el terror al descenso. Como un nado contracorriente, los campeonatos se sucedían en el inacabable intento de no dejarnos caer. Las milésimas eran una obsesión, como en la vida de un atleta. Siempre por debajo del punto, setecientas, ochocientas veinte milésimas. Era imposible saber, para quien no tuviera calculadora en mano, cómo quedarían las tablas después de ganar, empatar o perder. Aunque aquel año casi siempre era perder.

Talleres no jugaba bien, nunca jugaba bien. Era un coro que desafinaba, una obra mal ensayada de teatro, un circo de domadores sin león. La pregunta era inevitable, ¿por qué ser hincha de Talleres y no de algún equipo de los que salen campeones cada dos o tres años y tienen la camiseta llena de estrellas? Se salía a la cancha para no perder, para luchar, para irse lleno de barro, con la camiseta rota o con el absurdo orgullo de la tarjeta roja. En la brutal desigualdad deportiva, nuestros próceres eran los que vendían cara la derrota: el “tanque” Kenig, perro de caza y Daniel Kesman, hincha y ex alcanza pelotas del club. Por ellos, uno daba la vida. El talento era cosa de chetos. Seguir leyendo “1993”

Anuncios
1993

El Experimento Mendiolaza, ¿una ciudad sin ciudadanos?

Mendiolaza es una de las ciudades del país entero con mayor superficie privatizada. Entre barrios cerrados y countries, cerca del 40% de la ciudad de Sierras Chicas, no pertenece a la totalidad de los vecinos. Si las ciudades del mundo se definen, esencialmente, por sus espacios públicos, nos hacemos una pregunta un tanto evidente: ¿es legítimo que alguien pueda comprar o vender espacios públicos?

En Revista La Unión Regional, Enero de 2019

¿Qué son los espacios públicos, de qué hablamos cuando hablamos de espacios públicos? Además de los edificios como escuelas, hospitales, clubes, bibliotecas y demás, están, entre otros, las plazas, los parques, los playones, las veredas, los puentes y los banquitos. Pero principalmente hay uno sólo que constituye el 80% del espacio público de las ciudades: las calles. Falsamente establecidas como espacios para la circulación de autos (en América Latina sólo una de cada tres personas se traslada en auto), las calles son el más importante lugar “de estar” para los habitantes de una ciudad. Sus veredas, sus esquinas. Las calles son el escenario máximo de la ciudadanía, son el lugar de expresión de descontento y de algarabía, son el lugar de encuentro con lo otro, cualesquiera sean sus significados.

La ciudad de Mendiolaza vive desde hace poco más de quince años un proceso de transformación y de crecimiento extraordinario, fundamentalmente basado en la proliferación de urbanizaciones privadas. Esta expansión que ha multiplicado la cantidad de habitantes de la ciudad en muy pocos años (un crecimiento del 570% entre 1990 y 2010, según censos nacionales, con una proyección al menos lineal no registrada por datos oficiales en estos últimos ocho años) pone en jaque las actividades ciudadanas y el concepto mismo de ciudadanía. Teniendo en cuenta que aproximadamente el 40% de la superficie urbana está compuesta por urbanizaciones cerradas completamente desvinculadas entre sí (Lehman, 2011, Rosi, 2016), la posibilidad de realización y ejercicio ciudadano es, al menos, dificultoso.

Para entenderlo, me gusta hablar de salario indirecto. Cuando hablamos de ciudadanía, hablamos de derechos, pero la perspectiva materialista que me atraviesa me da herramientas para creer que lo vamos a comprender mejor así: la distribución del espacio público es, también, una distribución del ingreso. Los espacios abiertos y compartidos de la ciudad representan un capital de los ciudadanos. Las calles, los parques, las plazas, son espacios en donde los vecinos pueden reunirse, manifestarse, o simplemente estar (como en el living de su casa) sin tener que rendirle cuentas a nadie, ni tampoco dar explicaciones por su permanencia. Y el concepto de barrios privados y countries es, ni más ni menos, que una expropiación con la complicidad del estado y los denominados desarrolladores urbanos, de los espacios de propiedad comunitaria. Si dijimos que el 80% de los espacios públicos son las calles, ¿por qué motivo algunos ciudadanos tienen el derecho –y la propiedad- de caminarlas todas, mientras que otros no? Seguir leyendo “El Experimento Mendiolaza, ¿una ciudad sin ciudadanos?”

El Experimento Mendiolaza, ¿una ciudad sin ciudadanos?

El futuro es un lugar

Con la religión y con los objetos sucede algo muy parecido. Tanto las cosas como los dioses son creaciones humanas que se vuelven, tarde o temprano, en contra de sus propios creadores. Se intercambian, de un momento a otro, los papeles del creador y de la criatura. El filósofo Karl Marx tomó esta relación de otro filósofo alemán, Ludwig Feuerbach, y sostuvo que la culminación del proceso de dominación del capital sobre el trabajo se materializaba en el momento en el que el objeto se volvía en contra de su creador. En ambos casos, los hombres ceden su propia naturaleza (creadora y libre) en favor de la de un ser ajeno: la cosa o el señor.

Cuando yo era chico, los padres, los ministros de educación y la televisión decían más o menos lo mismo: hay que estudiar inglés y computación. Las computadoras comenzaban a aparecer ya no solo en las empresas y otras instituciones sino sobre todo en los hogares y, para entenderlas, había que “manejar” el inglés. Las relaciones con un objeto indicaban la vocación de la nueva generación. Los mejores años de la infancia y la adolescencia debían apuntar a satisfacer las necesidades del objeto que dominaría la escena productiva -¿y social?- de los años siguientes. Pero el problema es que nunca, o casi nunca, pensamos qué cosas íbamos a hacer con esas computadoras.

El Otro Punto me convidó a pensar los años que vendrán, y casi automáticamente (los adjetivos tampoco son casualidad) puse el foco sobre las cuestiones tecnológicas, en la presencia de los medios (en el sentido de mediadores y en el sentido de la información). Pensé en lo que vemos a diario: en los celulares, las pantallas en los autos, en las habitaciones. Pensé en la fugacidad digital, en la velocidad de las cosas. Pensé, como pensamos casi siempre, con el carro adelante y el caballo detrás. Pero, de nuevo, ¿qué queremos hacer a través del uso de esas herramientas? ¿Quiénes determinan y quienes son determinados? Seguir leyendo “El futuro es un lugar”

El futuro es un lugar

Los hombres pisan a los autos

Las calles son el 80% del espacio público y representan las arterias de la democracia y el antídoto del miedo. Sin embargo, sorprende cuando se llenan de gente. Las ciudades, como las escuelas públicas, son un mecanismo permanente de redistribución del ingreso. La movilidad social y la igualdad de oportunidades dependen de ellas. ¿Por qué tomamos las calles? ¿Por qué es tan estimulante y tan irritante a la vez?

En Revista Matices, Mayo 017

Siempre necesitamos de las preguntas elementales: ¿Hasta dónde pueden o deben llegar las lógicas del mercado? ¿Cuáles intereses se imponen históricamente por sobre otros?

Lo privado y lo público en tensión son el escenario sobre el que se desarrollan las más acaloradas discusiones de nuestra época y la batalla mayor es de interpretación: estamos hablando del triunfo parcial del sentido privatista como un lugar de privilegio. ¿Qué quiere decir esto? En resumidas cuentas, que lo privado presupone ser, para gran parte de nuestra sociedad, algo preferible a lo público. O peor aún, más legítimo. Pensemos en algunos de sus resultados.

Asistimos los pasados meses de marzo y abril, como tantas otras veces, a conflictos vinculados con el inicio de las clases: cientos de miles de ciudadanos reclamando por mejores condiciones laborales, edilicias y de reconocimiento público para la tarea docente. La aparición y multiplicación de escuelas privadas fragmentaron la atención a las escuelas públicas que paulatinamente dejaron de ser un espacio de encuentro de clases para transformarse en instituciones con asistencias homogéneas de estudiantes en cuanto a su composición socioeconómica. Las consecuencias de este fenómeno no fueron pocas, pero se destaca la pérdida de atención y de poder de reclamo de la educación pública que, abandonada su representatividad policlasista, encuentra menor eco dirigencial en sus reivindicaciones. La vocación universalista se transforma, a través de la forma mercancía de la educación, en una cuestión de mercado y las escuelas públicas, relegadas, se transfiguran es instituciones dirigidas a sectores marginales de la sociedad emparentadas ya no a derechos, sino a programas sociales. Es una devaluación intencional, paulatina, progresiva.

Con las ciudades ocurre algo muy parecido. Como una escuela privada que selecciona a sus mejores alumnos, los municipios colindantes a la ciudad de Córdoba compiten entre sí por la instalación de las urbanizaciones privadas, por sobre la generación de barrios abiertos (inestables e inseguros, como la escuela pública). Ninguno de estos procesos es independiente del otro. Se trata de un sentido imperante que establece que lo privado es conveniente a lo público. Sucede lo mismo con los centros comerciales y recreativos, que canalizan también las ofertas comerciales y culturales hacia espacios cerrados y vigilados. Seguir leyendo “Los hombres pisan a los autos”

Los hombres pisan a los autos

La ciudad sin mar (pero con islas)

En Argentina, los barrios cerrados ocupan el equivalente al doble de la superficie de la ciudad de Buenos Aires. Córdoba es pionera. La vida a puertas cerradas promete la entrada a un mundo seguro, pero a nivel personal, familiar, pre-ciudadano. ¿Qué hay detrás de este orden en apariencia tan sólo espacial, pero profundamente social? ¿Cuáles son las consecuencias del traspaso de un modelo de tejido social a uno de tejido perimetral?

Publicado en Matices, Marzo 017

Es preciso desprejuiciarnos: los barrios cerrados de millonarios son un fenómeno del siglo pasado. Hoy el escenario es mucho más complejo e incluye, muchas veces, alternativas de vivienda más económicas que en algunas zonas de la ciudad abierta.

El dato lo aporta un estudio del politólogo Andrés Daín: en el año 2013 una superficie cercana a los 400km2 era ocupada por los entonces más de seiscientos countries y barrios privados de Argentina. La ciudad de Buenos Aires, en su totalidad, abarca una superficie de 202km2: estamos hablando, para tomar una sola dimensión del problema, del equivalente a dos Buenos Aires enteras dentro de las cuales sólo pueden circular sus propietarios (o quienes reciban el permiso correspondiente). Ese número hoy será sensiblemente superior.

Aunque a veces acusada de localista o tradicionalista, la defensa de los barrios abiertos es precisamente lo contrario. Como una especie de desmonte masivo de la ciudadanía, el avance de las urbanizaciones privadas pone en jaque las posibilidades de la solidaridad, la movilidad social y el ejercicio de los derechos de las personas. Las urbanizaciones cerradas rompen con la histórica lógica europea de manzanas abiertas reduciendo al mínimo indispensable el contacto con nuestros diferentes y la convivencia dentro de espacios públicos, asumiendo un formato de grandes urbanizaciones separadas por autovías, similar al estilo norteamericano de ciudades. ¿Dónde vamos a encontrarnos, manifestarnos, o simplemente reconocernos? ¿Qué películas filmaremos cuando la ciudad compartida sea un recuerdo? Seguir leyendo “La ciudad sin mar (pero con islas)”

La ciudad sin mar (pero con islas)

Arqueología de la Otra Córdoba

Entre finales de 2015 y mediados de 2016 se publicaron en Córdoba tres notables libros que recuperan una Córdoba latente, minoritaria, impredecible: la Córdoba que resistió y se resiste a lo que Martínez Estrada denominó la trilogía mercado-cuartel-templo. Me refiero a “La Ley de la Revolución” del periodista Juan Cruz Taborda Varela, a “Textos Viscerales” del también periodista Luis Rodeiro y a “Contra Córdoba”, del filósofo Diego Tatián.

Mariano Barbieri

20161226_135513

Fuimos testigos –y acaso protagonistas- desde finales del 2015 de una nueva restauración conservadora avalada y obtenida a través del sistema democrático con una excluyente participación de Córdoba. Si uno se asoma a cualquier vereda de la provincia, sabrá que siete de cada diez caminantes eligieron esta opción. Sabrá que siete de cada diez cordobeses decidieron, con mayor o menor determinación y conciencia, que la libertad del dinero precede a las demás libertades y derechos. Son muchos los matices, sabemos, pero esta dicotomía (¿la grieta?) divide las aguas como un gran dique de piedra.

Pero, ¿Córdoba siempre fue así? O mejor aún, ¿qué es lo que vive en Córdoba por fuera de esta hegemonía? Pareciera que tanto uno como otro texto quisieran responder, a su manera, estos dos interrogantes. A través de lecturas que muestran a la historia habitada por personas contradictorias, vivas, empujadas por la pasión y por un tremendo impulso libertario, la Otra Córdoba aparece resistiendo a ésta que hoy empuja la restauración conservadora en la UNC, la que definió la elección nacional en favor de la revancha del capital y la que en épocas anteriores marcó a fuego algunas de las más infames gestas. Frente a ellos, estos testimonios escritos en tres géneros diferentes: una biografía, un itinerario político y un conjunto de historias mínimas. Frente a ellos, Deodoro y Gustavo Roca, Atilio López, Alberto Burnichón, Ernesto Guevara, Agustín Tosco, Ricardo Obregón Cano, el “Loco Badessich”, Santiago Pampillón, los estudiantes y trabajadores juntos en el 69 y la inmensa marea de anónimos que dedicaron sus días a transformar la Córdoba clerical, esa Córdoba que, en palabras de Diego Tatián, consideraba cualquier innovación como una afrenta socialSeguir leyendo “Arqueología de la Otra Córdoba”

Arqueología de la Otra Córdoba

Decidir mal

Soy dueño de un pensamiento que, por edad, me corresponde criticar: no creo en los próceres. O, mejor, en la narración sobre los próceres que, al fin y al cabo, es casi todo lo que hay.

Dice la canción de Sumo, casi como suplicando: no vayas a la escuela porque San Martín te espera. Nunca imaginé que Luca tuviera aversión al libertador, ni a ningún otro gran patriota, pero coincido con él en que es un cuento difícil de creer aquél de hombres (siempre son hombres) de frases célebres, precisas, de comportamientos ilustres y de miradas adelantadas a su tiempo. ¿Cómo es qué ya no hay héroes o próceres contemporáneos? ¿Dónde quedaron los hombres nacidos para morir por la patria? La historia es, fundamentalmente, presente. ¿Esto la anula? No, pero la vuelve crítica.

Una sola cosa es cierta: la patria es un invento. Sin sarcasmo, ni intentos de ofender, la patria y las naciones son, literalmente, un invento. No hay en ellas nada esencial, biológico, absolutamente nada que les sea natural, genético, inequívoco, intransferible. La patria es una idea, relativamente nueva en relación a otras ideas, pero con una presencia abrumadora. Seguir leyendo “Decidir mal”

Decidir mal