La ciudad sin mar (pero con islas)

En Argentina, los barrios cerrados ocupan el equivalente al doble de la superficie de la ciudad de Buenos Aires. Córdoba es pionera. La vida a puertas cerradas promete la entrada a un mundo seguro, pero a nivel personal, familiar, pre-ciudadano. ¿Qué hay detrás de este orden en apariencia tan sólo espacial, pero profundamente social? ¿Cuáles son las consecuencias del traspaso de un modelo de tejido social a uno de tejido perimetral?

Publicado en Matices, Marzo 017

Es preciso desprejuiciarnos: los barrios cerrados de millonarios son un fenómeno del siglo pasado. Hoy el escenario es mucho más complejo e incluye, muchas veces, alternativas de vivienda más económicas que en algunas zonas de la ciudad abierta.

El dato lo aporta un estudio del politólogo Andrés Daín: en el año 2013 una superficie cercana a los 400km2 era ocupada por los entonces más de seiscientos countries y barrios privados de Argentina. La ciudad de Buenos Aires, en su totalidad, abarca una superficie de 202km2: estamos hablando, para tomar una sola dimensión del problema, del equivalente a dos Buenos Aires enteras dentro de las cuales sólo pueden circular sus propietarios (o quienes reciban el permiso correspondiente). Ese número hoy será sensiblemente superior.

Aunque a veces acusada de localista o tradicionalista, la defensa de los barrios abiertos es precisamente lo contrario. Como una especie de desmonte masivo de la ciudadanía, el avance de las urbanizaciones privadas pone en jaque las posibilidades de la solidaridad, la movilidad social y el ejercicio de los derechos de las personas. Las urbanizaciones cerradas rompen con la histórica lógica europea de manzanas abiertas reduciendo al mínimo indispensable el contacto con nuestros diferentes y la convivencia dentro de espacios públicos, asumiendo un formato de grandes urbanizaciones separadas por autovías, similar al estilo norteamericano de ciudades. ¿Dónde vamos a encontrarnos, manifestarnos, o simplemente reconocernos? ¿Qué películas filmaremos cuando la ciudad compartida sea un recuerdo? Seguir leyendo “La ciudad sin mar (pero con islas)”

La ciudad sin mar (pero con islas)

Arqueología de la Otra Córdoba

Entre finales de 2015 y mediados de 2016 se publicaron en Córdoba tres notables libros que recuperan una Córdoba latente, minoritaria, impredecible: la Córdoba que resistió y se resiste a lo que Martínez Estrada denominó la trilogía mercado-cuartel-templo. Me refiero a “La Ley de la Revolución” del periodista Juan Cruz Taborda Varela, a “Textos Viscerales” del también periodista Luis Rodeiro y a “Contra Córdoba”, del filósofo Diego Tatián.

Mariano Barbieri

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Fuimos testigos –y acaso protagonistas- desde finales del 2015 de una nueva restauración conservadora avalada y obtenida a través del sistema democrático con una excluyente participación de Córdoba. Si uno se asoma a cualquier vereda de la provincia, sabrá que siete de cada diez caminantes eligieron esta opción. Sabrá que siete de cada diez cordobeses decidieron, con mayor o menor determinación y conciencia, que la libertad del dinero precede a las demás libertades y derechos. Son muchos los matices, sabemos, pero esta dicotomía (¿la grieta?) divide las aguas como un gran dique de piedra.

Pero, ¿Córdoba siempre fue así? O mejor aún, ¿qué es lo que vive en Córdoba por fuera de esta hegemonía? Pareciera que tanto uno como otro texto quisieran responder, a su manera, estos dos interrogantes. A través de lecturas que muestran a la historia habitada por personas contradictorias, vivas, empujadas por la pasión y por un tremendo impulso libertario, la Otra Córdoba aparece resistiendo a ésta que hoy empuja la restauración conservadora en la UNC, la que definió la elección nacional en favor de la revancha del capital y la que en épocas anteriores marcó a fuego algunas de las más infames gestas. Frente a ellos, estos testimonios escritos en tres géneros diferentes: una biografía, un itinerario político y un conjunto de historias mínimas. Frente a ellos, Deodoro y Gustavo Roca, Atilio López, Alberto Burnichón, Ernesto Guevara, Agustín Tosco, Ricardo Obregón Cano, el “Loco Badessich”, Santiago Pampillón, los estudiantes y trabajadores juntos en el 69 y la inmensa marea de anónimos que dedicaron sus días a transformar la Córdoba clerical, esa Córdoba que, en palabras de Diego Tatián, consideraba cualquier innovación como una afrenta socialSeguir leyendo “Arqueología de la Otra Córdoba”

Arqueología de la Otra Córdoba

Decidir mal

Soy dueño de un pensamiento que, por edad, me corresponde criticar: no creo en los próceres. O, mejor, en la narración sobre los próceres que, al fin y al cabo, es casi todo lo que hay.

Dice la canción de Sumo, casi como suplicando: no vayas a la escuela porque San Martín te espera. Nunca imaginé que Luca tuviera aversión al libertador, ni a ningún otro gran patriota, pero coincido con él en que es un cuento difícil de creer aquél de hombres (siempre son hombres) de frases célebres, precisas, de comportamientos ilustres y de miradas adelantadas a su tiempo. ¿Cómo es qué ya no hay héroes o próceres contemporáneos? ¿Dónde quedaron los hombres nacidos para morir por la patria? La historia es, fundamentalmente, presente. ¿Esto la anula? No, pero la vuelve crítica.

Una sola cosa es cierta: la patria es un invento. Sin sarcasmo, ni intentos de ofender, la patria y las naciones son, literalmente, un invento. No hay en ellas nada esencial, biológico, absolutamente nada que les sea natural, genético, inequívoco, intransferible. La patria es una idea, relativamente nueva en relación a otras ideas, pero con una presencia abrumadora. Seguir leyendo “Decidir mal”

Decidir mal

Gente como uno

Meritocracia-

Cada vez que se confunde desigualdad con diferencia, discutimos sobre el escritorio equivocado. La idea de mérito supo construir explicaciones sobre la pobreza y la riqueza a partir de los talentos individuales, del esfuerzo y del sacrificio, dejando relegada a un tercer o cuarto plano a la discusión sobre la línea de largada. La meritocracia acusa al pobre de su pobreza. Este argumento caló muy hondo en el sentido común constituyéndose en la piedra angular de la reproducción de la desigualdad. “Cada uno tiene lo que merece”: cuando más familiar nos resulta un lenguaje, más cosas se nos pasan por alto.

Promediando el siglo dieciocho, Jean Jacques Rousseau respondió a un concurso con la siguiente consigna: explicar el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres. En un memorable ensayo, el autor ginebrino concluyó que, a diferencia de los que muchos sostenían, la desigualdad no se funda en la posesión desigual de talentos sino que es el propio contrato social lo que legitima la iniquidad. Es decir, la política, la moral, la ética.

La meritocracia evangeliza y decora todo lo que la riqueza y el nacimiento explican sin mayores inconvenientes. La actualidad de esta discusión me recordó a un viejo eslogan que generó grandes polémicas en una época histórica de características similares: formando líderes. Veinte años atrás desembarcaba en Córdoba la primera de una serie de propuestas privadas de formación de elites universitarias que apelaba a hacer del mundo un lugar a semejanza de sus deseos. Con frecuencia, las clases sociales dominantes tienden a atribuir a la realidad sus propios principios de relación con ella, ocultando en una apariencia de igualdad, una desigualdad constitutiva. La intencionalidad de esta operación, en muchos casos es evidente, en otros no. De cualquier modo, si esta plataforma llevara un nombre, ese nombre sería sin dudas el de meritocracia.

El sociólogo Pierre Bourdieu hablaba del beneficio simbólico de la normalidad. Con perdón del autor, es algo así como la famosa expresión de “gente como uno”. Decía que las sociedades tienen un criterio de normalidad triunfante, ganador. Pensemos, por ejemplo, en las familias de clases medias o medias altas. Ellos, por su condición dominante, están en disposición de exigirles a todos su semejanza y ejemplo sin tener que plantear la cuestión de las condiciones de acceso (un cierto nivel de ingresos, una vivienda, etc.). Se postulan así una serie de valores que luego la práctica niega, pero que finalmente consiguen mantener el statu quo.

No es casualidad, pienso, que resucite este concepto con tanta intensidad en una época en la que son cuestionados muchos de los mecanismos de solidaridad (subsidios, regulaciones, derechos, accesos). Es innegable: el mérito existe, el esfuerzo, el talento. Pero un sistema basado tan sólo en la diferencia es un modo conservador de organización y profundamente anti solidario. En las antípodas de este pensamiento –a veces la oposición refuerza los significados- está el concepto de movilidad social, basado en el achicamiento de la brecha social.

La trama, por mucho que se oculte, tiene una fuerte impronta ideológica: mientras la política es una manera de habitar el mundo colectivamente, el mérito es un recorrido individual.

En el diario La Voz del Interior, Domingo 05-06-16

Gente como uno

Un pinchazo

Sentí un pichazo, como una inyección. Siempre me pregunté cómo sería que te peguen un corchazo. Quise pararme, pero se me nubló la vista, de golpe. Son segundos, no se, tiempo que no se puede contar. Dicen que cuando perdés dos litros de sangre, tu vida corre riesgo. Si perdés tres, no la contás. Yo perdí cinco y acá me ves. Se estaba peleando mi hermano, eran como seis. Luchas de barrio, dos bandas. Uno prefiere estar tranquilo, pero en este caso no me podía guardar, ¿vos que hubieras hecho? Mi hermano estaba ahí. Era un día lindo, así como hoy. Tipo dos, dos y media de la tarde. Yo estaba viendo tele, adentro. Y salí, así como estaba. Empezamos a pelear. Me mirás mal, pero hubieras hecho lo mismo. Me doy cuenta. Me tiró tres veces antes de que saliera la bala. Se bajó del auto y disparó. Tac, tac, tac. El cuarto fue un tiro en serio y me pegó. Después, dicen, siguió disparando pero no me acuerdo de nada. Es tan rápido que no sentís dolor. Porque mirá vos, hasta el dolor, tan culiado que es, necesita tiempo.

Un pinchazo

Sobre las ideas

DEO 55 editorial (1)Las cosas se esconden cuando parecen familiares.

(Nymphomaniac, Lars von Trier)

Se trata de lo evidente. Pero no por su claridad, sino por su fenomenal capacidad esmerilante. Históricamente se discuten los orígenes de la desigualdad, o de la pobreza que es el resultado de mirar sin contexto (una práctica, por cierto, muy extendida). Basta leer o escuchar hoy, ayer o mañana los reclamos por el número de pobres, por la definición de esa frontera que separa los que están adentro de los que están afuera: la barrera de inclusión-exclusión (que trazan una línea en el agua, dividiendo lo indivisible). Todos los conflictos, todos, tienen en sus venas el mismo ácido desoxirribonucleico. Desde los colores de la camiseta de Desamparados de San Juan, hasta la Asignación Universal por Hijo, pasando por las camisas celestes que combinan con las miradas del poder. Porque inclusive ahí, en ese lugar y momento cualquiera donde hay una apariencia de igualdad, se esconde una desigualdad constitutiva, estructural, visceral. Desigualdad sobre la que se construirá luego cada uno de los ladrillos de la vida social, desigualdad que parecerá para muchos, externa.

Alguna vez hablamos del derecho a la libertad, o de su contrario, la privación. Dijimos, siguiendo a Zaffaroni que cada sociedad decide cuántos presos quiere: están encerrados porque los libres lo deciden y porque nuestra sociedad, en su conjunto, lo avala. Hablamos de la privatización del espacio público, de la fragmentación del espacio urbano, de la creación de guetos en Córdoba. Dijimos: la extorsión del miedo sentencia las posibilidades de la ciudadanía, de la diversidad, del reconocimiento de la vida social. Hablamos de la incorporación de los desposeídos al mundo del consumo. Dijimos: el sistema productivo y de distribución debe decidir si va a producir más –invertir, arriesgar, emplear– para abastecer a muchos o aumentar los precios para volver a ser pocos, ganando mucho. Fuimos bordeando, en síntesis, otra evidencia: cada sociedad decide, también, cuántas personas serán pobres o su matiz: precarias.

Lo evidente lleva siglos en incorporarse. La pobreza es un producto social, explicable, modificable. Pero por incuestionable que parezca, durante siglos –muchos todavía hoy– se explicó la pobreza (y su contrapeso, la riqueza) a partir de los talentos individuales, del mérito. Al menos de la Revolución industrial a esta parte, se ha alimentado una conciencia funcionalmente subordinada a la propia reproducción de la desigualdad. Claro que nuestras conciencias son también un producto social que incluso muchas veces corre por detrás de las propias leyes que los Estados generan (pensemos por ejemplo en la despenalización del aborto y las estrategias de objeción de conciencia, o en la violencia física de género que es ilegal hace décadas, pero que fue condenada sólo ocasionalmente hasta estos días). Se postulan valores que luego la práctica niega.

La realización de la libertad y la igualdad, como consenso discursivo, es muchas veces también sólo un postulado. Retomamos la idea de Judith Butler de que hay vidas que tienen un valor distinto a otras, a pesar de las legislaciones y de una supuesta universalidad de derechos. Por muchos esfuerzos que los Estados más virtuosos puedan hacer, las contradicciones que existen en la sociedad civil no pueden ser resueltas únicamente a través del accionar del Estado. Hay una continua lucha por la imposición de los significados de la que todos formamos parte y que no ocurre –solamente– en el Estado.

Es en ese escenario de cosmovisiones contrapuestas en la que nos instalamos. En lo que Antonio Gramsci llamaba la construcción de una voluntad colectiva. Discutimos para roer el sentido común, para poner en cuestión las formas establecidas de reproducción de las jerarquías sociales. Concepciones del mundo, lucha de cosmovisiones, batalla cultural, como prefieran llamarlo. Las ideas, más que las leyes, son las que predominan. Porque en el fondo, siempre se trata de ellas. Y es por eso que insistimos tercamente –cruzando en rojo todos los semáforos de los consumos culturales– en seguir escribiendo, letra tras letra para publicar, tal vez, o para ordenar las ideas que nos guían.

Publicado en DEODORO, Julio de 2015

Sobre las ideas

¿Residente o Visitante?

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En el año 1993 nacía el primer country de la ciudad de Córdoba. Hasta entonces, el concepto era tan solo la traducción literal al inglés de las palabras “campo” o “país”, o el género musical que designaba a las melodías rurales estadounidenses. Creedence y Elvis también hicieron música country, y más acá –Bob Dylan mediante– León Gieco se alimentaba del género. El country era, paradójicamente, música de raíces.

Una de las máximas de la sociología urbana dice que la ciudad es la expresión física de las prácticas sociales que ella alberga y produce (Adrián Gorelik), una especie de espejo que refleja en el mapa, el orden social. Tres años antes de la inauguración del country Las Delicias, la empresa pública de aviación Aerolíneas Argentinas, y la telefónica ENTEL eran vendidas. Y dos años después de estas, ya en 1992, había comenzado la privatización de la petrolera pública YPF. La misma suerte siguieron los ferrocarriles, algunos bancos, empresas de energía, agua, correo y muchos otros servicios públicos. La reducción de los espacios compartidos y la expansión de las voluntades privadas eran un cambio cultural profundamente concebido que iba mucho más allá de las empresas del Estado. Se trató de una cosmovisión que tiene todavía en nuestra cultura una vitalidad roedora.

Las Delicias es el emblema, la bandera, fue el primer paso a la creciente ghettización. Entonces se trataba de un emprendimiento típicamente aristocrático de diferenciación social, vinculado casi con exclusividad a una idea de pureza comunitaria. Hoy, el Gran Córdoba es la segunda región del país con mayor superficie de ciudad privatizada. Córdoba y sus satélites le dieron mayor materialidad, aportaron la expresión física a las divisiones sociales. Es un cambio de una contundencia mayúscula que no se trata en absoluto de un estigma hacia las costumbres de la alta sociedad. Es un problema de ordenamiento social que tiene un impacto inmediato en el ejercicio de la ciudadanía y en el ejercicio de derechos. Las personas viven cada día más en pequeñas comunidades socioeconómicamente homogéneas y territorialmente delimitadas tendientes a suprimir las diferencias y con ello, a aumentar el miedo a lo desconocido.

El crecimiento por expansión (ampliación de la mancha urbana) tiene dos grandes protagonistas: las urbanizaciones privadas dirigidas a segmentos de medios, altos y muy altos ingresos, y los programas de urbanización del Estado dirigido a sectores empobrecidos. En los dos, interviene directamente el Estado. Nuestra provincia es un ortodoxo ejemplo de este proceso de atomización social.

A comienzos de la década pasada hablábamos de la Operación Desencuentro, de un conjunto de acciones coordinadas orientadas a la ghettización de la ciudad en nombre de los derechos ciudadanos (todas las invasiones son en nombre de la paz, de alguna paz). En Córdoba, el Estado hace abuso de su opción de clase: los hábitos de las fuerzas policiales y judiciales son la demostración categórica de esta afirmación, a esta altura, obvia. Basta con recorrer alguna cárcel o transitar cualquiera de las miles de fronteras a la libre circulación. ¿Quiénes las atraviesan? ¿Quiénes las habitan? ¿Residente o visitante? Papeles de la bicicleta, de las motos, documentos personales, o simplemente prohibiciones sin explicaciones amparadas en el Código de Faltas.

Con nombres vinculados a la naturaleza, se multiplicaron en decenas los barrios privados, ahora mucho más como decisión de huida de la ciudad compartida (Arizaga 2004) que como lujo aristocrático. Como lado B de esa misma acción, el otro desplazamiento: el Programa Mi casa, mi vida, erradicó de las zonas urbanas a aproximadamente doce mil familias que ahora habitan Ciudades Barrio, como Ciudad de Los Cuartetos, Ciudad de Los Niños, Ciudad Evita, etc. Seguir leyendo “¿Residente o Visitante?”

¿Residente o Visitante?