Como aviones

Posted: febrero 3, 2012 in Relatos

Relato publicado en revista Deodoro, Febrero de 2012

Miro a las personas que entran al avión: vamos a morir injustamente.

Los pasillos lúgubres son el preludio perfecto. Ninguno entiende la manera en que una botella cargada de combustible va a dejarnos miles de kilómetros después. Ninguno sabe, tampoco, que en realidad nunca vamos a llegar.

Las azafatas no me importan, no me interesa nadie que pueda usar un uniforme todos los días de su vida. Pero hay viejos que no se lo merecen, tipos que llevan los años marcados en la cara, en los pasos, en las miradas blanqueadas con cal. Caderas dolidas y una cantidad de muertos en la espalda. Sólo ellos mordieron el polvo, sólo el tiempo soportado me conmueve. Pero los demás, los jóvenes, ese estado de latencia, llevan la soberbia en la mirada y unas ganas de matar que no son distintas a la mía. Todos sabemos que matamos cada día y eso lo entendemos bien, vos y yo.

Ellos están equivocados, siempre vivieron confundidos. Yo no siento bronca, ni miedo, ni odio. Es apatía, eso que siempre nos decían. Movete, levantate, hacé algo. Me cago en este avión de mujeres con sonrisas paralelas y de hombres canosos con miradas practicadas al espejo: ellos son personas absolutamente capaces de mandar a matar, aunque aun no lo sepan. ¿Hasta cuándo van a aguantar esa tensión?

Hoy es la última vez que siento rabia, ya, este mismo instante en el que la escribo. Rabia. No quisiera que me juzguen con la moral si es que yo también voy a volarme adentro de esta botella. Yo no me lo gané, ¿o quiénes merecen la muerte? La muerte, digo. En una hora nadie va a acordarse de mi vida, de la tuya, ni de la de nuestros amigos; pero miles –vas a ver– miles van a hablar y hacer películas con canciones en tonos menores de cada uno de las mierdas que viajan conmigo. Incluso de las azafatas. Que me escuchen las plumas del cine, que me miren los ojos de la lente: yo también pagué este pasaje a los mal cogidos de la aerolínea. Ahí están mi guita y mis huesos. Y yo necesito su lástima, me la tengo ganada.

Fue lindo cuando despegamos. Bienvenidos, dijo la azafata, y me hizo sentir el poder de la ironía. Conocer el destino, cosas que charlarán entre los dioses, y que a veces tenemos a mano. Como de ver repetida la misma película y pensarlo en silencio, saber lo que viene y disfrutarlo, sentirlo exquisito, inmediato. Jugar con las cartas marcadas y deleitarse porque la muerte ajena, creeme, genera expectativa. Saber que todas esas vidas que se mueven ansiosas en sus asientos esperando la comida recalentada, van a dejar de existir cuando yo mismo lo decida, mirar cada cosa que hacen y saber que lo están haciendo por última vez. Cepillarse los dientes, tomar Coca Cola, retar a sus hijos. No los habrían retado sabiendo que no lo volverían a hacer. ¿O sí? Me congela pensar qué habría decidido hacer cada uno de ellos por última vez. Yo mismo no sé con qué pensamiento quedarme: es tan difícil elegir un último pensamiento. ¿Qué habrías elegido vos? ¿La alegría, la intensidad? ¿La paz, tus momentos de euforia?

Yo voy a improvisar, esta última vez será lo que la electricidad decida por mí.

Estamos sobre el mar y la gente hace cosas tan insignificantes antes de morir, si los vieras. Ella, la mujer de fucsia, se pinta los ojos con sombras marrones, se detiene en cada detalle de sus pómulos que controla en un espejo del tamaño de una galleta. ¿Quién la espera? O aquél, el hombre de sombrero, ordena los contactos de su teléfono celular o juega con las posibilidades de enviar un mensaje a dos países de distancia. Yo quisiera preguntarle a cada uno de ellos qué cosas hacen, quiénes van a llorar por sus vidas, conocer la dimensión del asesinato. La cercanía con la muerte me vuelve un tipo curioso, como esos enfermos de cáncer que hacen en dos semanas una cantidad de cosas que no habrían hecho en cincuenta años más. Presiento decenas de mensajes, llamadas por teléfono, gestos, comentarios equivocados y alegrías enmascaradas: esas son las victorias. Que las disfrutes, amor, son un regalo para vos.

Yo mismo, si no fuera a morirme esta noche, estaría mañana presente en cada uno de sus funerales sintiéndome potente, comprobando la capacidad de lastimar que tenía y no lo sabía, como esos chicos que se humillan hasta conocer el límite. No creo en nada que no se pueda medir y hoy tengo en mis manos, como un enfermero de la muerte, el poder de ahorrarles trescientas vidas miserables, decenas de miles de días de dolores a los que nunca se iban a acostumbrar. Nunca. Aunque quizás a esto tampoco se lo merezcan ya que es sabido que nadie puede asegurar con algún grado de convicción qué es más justo para un hijo de puta, si seguir vivo o que lo maten bien muerto. Porque morirte puede solucionarte muchas cosas; nos reímos en la casa de tu hermana, pero eso es algo que nos conmueve a los dos. Hay vidas que son como el tetris, como ese último centímetro antes de morir, que se puede estirar un poco más, un centímetro o dos, pero que ya nunca van a volver hasta la base. ¿Por qué no te vas a matar? Es increíble que incluso aquellas personas que creen en la reencarnación no justifiquen el suicidio. Si vas a volver a empezar, otra vez, igual, en otro cuerpo, en otro lugar. Mirá si es cierto.

Yo, si reencarnara, te seguiría de cerca, como un espía, por cada lugar por donde vayas.

Mientras tanto volamos a mil kilómetros por hora y un avión que explota es una muerte completa como ninguna otra. Dicen que los aviones que caen a pique se desintegran en polvillo, que las partes más grandes de los cuerpos tienen el tamaño de una tarjeta personal. Es como el romanticismo invertido, la mayoría de nosotros será nuevamente polvo de estrellas. De la explosión de una galaxia, los planetas, la tierra, las estrellas; de la explosión de los aviones, lo que sea que quede de nosotros para guardarse en los bolsillos. Incluso si caemos al agua, nuestro avión va a diluirse en una enorme mancha: a diez mil metros de altura, caer al mar es como chocar contra una montaña de cemento. Lo mismo el agua que el acero, lo mismo las olas que el hierro. Me pregunto si vamos a poder verlo por las ventanas o si vamos a morir antes de reconocer los autos o los barcos en tamaño real. Ese segundo mágico: morir consciente te da el privilegio de la espectacularidad.

Son las once, ya estamos llegando. Sólo el vértigo me devuelve cerca tuyo.

Vistas de arriba, las luces de Rio son como brasas encendidas. Bajamos de a escalones de aire y me marea el teclado de tu computadora nueva. No traje chicles, y eso que me dijiste, ahora se me tapan los oídos. Los dejé sobre la mesa, comelos vos. En el aeropuerto me espera Seba. Vamos a salir a cenar.

Feijoada bien carioca.

Llego el viernes en el vuelo de las nueve.

Buscame, dale.

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